Javier y Darío

se alían para sobrevivir


Efecto Cocuyo • Cecodap


En un procedimiento policial una mujer perdió a su único compañero sentimental. Así, tres niños quedaron sin su papá y cómplice de juegos y una madre vio cómo 25 años de crianza quedaron ocultos bajo la etiqueta de “resistencia a la autoridad”. El 24 de septiembre de 2018 una familia entera quedó, además, sin su soporte económico principal. Dos niños venezolanos crecen en el desamparo.

Por: Vanessa Moreno Losada
Fotos: Mairet Chourio y Juan Camacho




Un cumpleaños feliz. Cristian celebró el nacimiento de su hijo mayor a lo grande. Era el noveno aniversario de Javier y él decidió que quería festejarlo en el cine. Toda la familia se vistió para la ocasión, e incluso los niños fueron peinados por el padre, destacado barbero de su comunidad. A Dario, de siete años de edad, le pintó el cabello de rojo y le hizo un corte estilo urbano con rayas rapadas. Al cumpleañero no le gustaban los tintes, así que el padre solo pudo sacarle un diseño de líneas con las tijeras.

El 30 de julio de 2018 la familia completa recorrió 15 kilómetros para llegar al cine más cercano. Tomaron un taxi desde La Dolorita, uno de los más de 2.000 barrios de Petare, hasta el centro comercial Líder, ubicado en La California, estado Miranda. “Todo el mundo tenía que ver con mis hijos. Los miraban, se sonreían con ellos. Era por el corte que les había hecho el papá”, recordó Melanie, pareja y madre de los tres hijos de Cristian.

El joven, de 25 años de edad, les compró las entradas para ver otra de las películas de Jurassic Park. También pagó por las cotufas, el refresco, los chocolates y caramelos. “Ese día comimos de todo. Les compró a los niños todo lo que quisieron”, agrega Melanie, quien tiene ahora 28 años de edad.

Éste es el recuerdo más vívido que guardan Javier y Darío. Pareciera para ellos que la desaparición de su padre ocurrió un día después del cumpleaños. Pero no. A Cristian lo mató la policía, un mes y medio después. “Yo tuve suerte. Pude pasar mi cumpleaños con mi papá”, dice ahora Javier cuando le hablan de Cristian.

Una nueva alianza



Antes del 24 de septiembre de 2018, solo Darío y Antonia, hija de tres años de edad de Cristian, vivían con su padre y su madre. Javier quedó bajo el cuidado de su abuela materna, Karla, a quien solía visitar todos los días el resto de la familia.

Después de ese 24 de septiembre, Melanie, Javier, Darío y Antonia se mudaron a casa de la abuela materna. De esta forma, llevar los niños a clases, una tarea exclusiva de Cristian, ahora pasó a ser una responsabilidad compartida entre Melanie y su madre, Karla.

Una cotidianidad dolorosa, porque en el trayecto está la barbería donde el joven trabajaba. “Cuando pasamos por la peluquería y Darío ve que hay otro muchacho en el puesto de Cristian, me grita que por qué le quitaron el lugar a su papá”, narra Melanie, a Efecto Cocuyo, sentada en el sofá de la pequeña casa de su madre.

Para final del año escolar, en 2019, los niños iban solos a su colegio. Si Javier, el mayor, no tenía clases; el menor tampoco iba, por decisión de sus cuidadores.

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Dario, de siete años de edad. Esta es la iglesia donde su abuela va todos los domingos. Dice que llora mucho.

A estas faltas se le sumaron las causadas por el mega apagón que se vivió en Venezuela en marzo de este año. Una falla eléctrica que dejó sin luz a todo el país por varios días. Más tarde, el Ejecutivo Nacional obligó a centros educativos a reducir el horario de actividades, para disminuir el consumo de energía eléctrica.

La unidad educativa de los niños fue una de las que acató el mandato. Pero la maestra del más pequeño notó un comportamiento irregular. “Faltaba mucho, dos o tres veces a la semana. Le decía a la mamá que no tenía clases”, indica Mercedes, maestra de primer grado de Darío.

Así como Javier llevaba a Darío al colegio, el pequeño también velaba por su hermano mayor. “Tienen que pasar por el salón de Javier, no se les olvide”, dijo Darío al equipo de Efecto Cocuyo, que visitó la escuela de los niños en junio de 2019. Entre ellos, el cuidado es mutuo. Tienen una “alianza emocional”.

Francisco Sánchez, psicólogo e investigador de Red de Activismo, Convivencia e Investigación (Reacin) que acompañó las entrevistas a adultos y niños, explicó que las familias se mueven en función de las alianzas entre sus miembros. “Yo tengo que tener a alguien con quién aliarme, porque en las familias hay conflictos. Hay lealtades invisibles con ese otro, a quien sé que no le puedo fallar porque somos una entidad”, añadió.

Al romperse el vínculo con Cristian, por su asesinato, la dinámica familiar cambió. Sánchez explicó que no solo desapareció el padre proveedor económico, sino también se fue el compañero de juegos, el amigo, el planificador de actividades recreativas, el modelo a seguir.

Cuatro meses antes de la visita al recinto escolar, el equipo de Efecto Cocuyo conversó con los adultos de la familia y los pequeños. “A Darío, su papá era el que lo disciplinaba. Porque conmigo él jugaba a la pelota. No me respetaba”, afirmó Melanie, momentos antes de practicar una entrevista lúdica a los niños, en febrero de 2019.

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Javier, de nueve años de edad. El Canotauro. Dice que es su animal favorito, desde que vio la película de Jurasik Park con su papá. Fue la última salida juntos.

Mientras el equipo de Efecto Cocuyo conversaba con ella, el menor de sus hijos varones se escondió debajo de la cama. “Es que a él no le gusta que hablen de la muerte de mi papá”, reconoció Javier, su hermano mayor.

Darío accedió a participar en la actividad solo cuando Javier le insistió. “Al incorporarse Darío, vimos que Javier desplazó su juego y dibujo por ocuparse de Darío. Se ocupa como el hermano mayor. Si bien es aplaudida esta conducta por las abuelas, es una dinámica de asumir un rol que no es suyo”, advirtió Sánchez. Pero Javier también tiene una muerte que procesar. Su maestra, Olga, aseguró que en clases se volvió retraído; mientras que su abuela Karla, con quien ha vivido toda su vida, notó que el niño de nueve años tiende a reaccionar ahora con llanto a los regaños.
“Es normal que los alumnos comenten que en su comunidad vieron cómo mataron a alguien. Eso es una vez a la semana, por lo menos. Entonces, Javier se torna triste. Yo lo veo y trato de cambiar la actividad. Otras veces intento reflexionar en grupo sobre cómo cuidarnos de la violencia”, manifestó Olga, quien es la docente que lleva el cuarto grado en el que participa Javier.

Violencia recurrente


Desde 2018, al menos 47 personas fueron víctimas de homicidio en la parroquia La Dolorita, del municipio Sucre, estado Miranda. 53% de los fallecidos tuvieron como victimario a un funcionario de seguridad del Estado, todos ellos denunciados en Monitor de Víctimas como víctimas de una ejecución extrajudicial, hasta mayo de 2019.

Entre esos números se encuentra Cristian, de 25 años de edad; padre de Javier, Darío y Antonia; esposo de Melanie e hijo de Ronda.

El 23 de septiembre de 2018, él salió a celebrar su cumpleaños. Al regresar a su casa, al amanecer del día siguiente, se topó con una comisión de las Fuerzas de Acciones Especiales (Faes) en una de las escaleras que conducen al inmueble donde lo esperaba su esposa. Después de recibir varios golpes y un disparo en el pecho, Cristian fue trasladado a un hospital donde falleció.

“Le rompieron la nariz, los ojos estaban llenos de sangre y los labios y dientes estaban totalmente destruidos. El acta de defunción señala que murió por shock séptico: se ahogó con su propia sangre”, sentenció Melanie.

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En julio de 2019, Michelle Bachelet, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, advirtió que hay razones para considerar que los fallecidos en operativos de las Faes habían sido ejecutados y recomendó al Gobierno venezolano eliminar el cuerpo de seguridad e investigar todas las muertes.

“Parte de lo que empeora la situación de estas familias es que el Estado no reconoce su responsabilidad. Entonces, no echa para atrás los operativos, no evita la circulación de armas, no genera empleos. No ha trabajado en mejoras para la obtención de capitales culturales y simbólicos; así como tampoco en las condiciones sociales que hacen posible que un chamo no entre a una vida delictiva ni muera en un operativo”, expuso Sánchez, quien tiene ocho años investigando las secuelas de la violencia policial en la vida de las víctimas.

Derrumbe


Como cuando se le quita la viga principal a una construcción, así pasó en la vida de esta familia. Cristian era el soporte. Su trabajo como barbero alcanzaba para ser el proveedor principal de dos casas.

En donde residía él con Melanie y dos de sus hijos (Darío y Antonieta), no solo contaban con ese ingreso monetario; también estaba el de Ronda, quien trabajaba como doméstica del hogar. Algo similar ocurría en casa de Karla, donde vivía Javier. Allí, su abuelo materno, se ganaba la vida como transportista conductor de gandolas.

De esta manera, el mundo de los hijos de Cristian estaba en equilibrio. Hasta que los funcionarios de las Faes, arrancaron la “viga principal”.



Ahora, Ronda dedica la mayor parte de su tiempo a hacer trámites jurídicos. Está decidida a comprobar que su único hijo no murió enfrentándose a la policía y que tampoco había robado ni asesinado a nadie. No solo pelea en Fiscalía para que atiendan su caso, sino que decidió terminar el bachillerato para iniciar la carrera de Derecho. El trajín, tiene un costo: sus días laborales han disminuido y con ellos el dinero que percibe. Sus ingresos, en mayor parte, están destinados a cubrir el transporte y las fotocopias que la justicia solicita.

“Ahora yo no puedo tenerlos. Sería muy difícil para mí mantener el hogar en el día a día… y además verlos siempre me recuerdan a Cristian”, indicó Ronda, para explicar la mudanza de sus nietos y nuera. En casa de Karla, ya no habitan solo tres personas. Después de la muerte de Cristian, son seis.

Durante nueve meses, la economía familiar estuvo comprometida. El abuelo paterno dejó de conducir gandolas pesadas, debido a la falta de repuestos y material de mantenimiento; lo que significa que comenzó a devengar menos dinero. En junio de 2019, Melanie consiguió empleo. Por primera vez.

“Hacemos milagros. Buscamos comida aquí y allá. Ese es nuestro trabajo ahora. Por ejemplo, esta semana que pasó nos quedamos sin mercado. A veces yo llamo a la señora Ronda y ella nos manda algo de lo que le llega en la caja (programa de alimentación gubernamental), una harina o unas caraotas. Pero una harina a nosotros nos dura un día”, manifestó Karla, cuidadora principal de los niños.

Para Sánchez, esta historia es una muestra de la cultura matricentista del venezolano; al igual que reafirma el rol de las mujeres como cuidadoras. Explica que al perder el padre, son las abuelas las que pasan a encargarse del cuidado de los niños; pero una tiene labor extra que cumplir, para la que incluso se prepara académicamente.

“Para estos niños, su padre era el centro de su vida. La muerte de Cristian también significa el rompimiento de la principal figura de identificación que era el padre y supone una importante angustia por sentir que lo más seguro que tienen, puede perderse en cualquier momento”, analizó el psicólogo.

En el camino que inició Ronda para ganar justicia, encontró al Comité de Familiares de Víctimas de la Violencia (Cofavic). Allí entendió que el Estado no solo le debe una sanción a los funcionarios de las Faes que mataron a su hijo, sino también una reparación económica y sobre todo psicológica.



Por eso no se negó cuando en el Servicio Nacional de Medicatura y Ciencias Forenses (Senamefc) le ofrecieron una asistencia en salud mental. Una oferta única de un funcionario que conocía a Cristian, porque esa institución no tiene ese servicio disponible.

Sin embargo, la propuesta se disolvió con el tiempo. Nunca llamaron. Gracias al contacto que tiene Ronda con periodistas y organizaciones, pudo empezar el camino de la atención psicológica en el Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), quienes tienen una línea para ayudar a los niños, niñas y adolescentes que han sido afectados por la violencia delictiva.

“Llama poderosamente la atención que si bien ésta familia ha buscado apoyo, no lo encuentran en organismos públicos, sino desde una organización privada. Es una característica que nos invita a poner una particularidad en la situación del ‘deber”’del Estado en acercarse a las situaciones”, precisó Sánchez.

― Si ustedes tuvieran que pedir apoyo o ayuda, ¿a quién se la pedirían?

― No lo sé. Supongo que a la escuela o al Gobierno. ¿Pero por qué habrían de darnos una beca? Igualito eso no serviría de mucho.

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El caso de Dario y Javier