El niño

que sobrevivió a la matanza


Efecto Cocuyo • Cecodap


La memoria de Humberto Alejandro (Ale) encierra el horror y la ternura en un mismo trazo. Dibuja sus recuerdos a través de personajes guerreros de dibujos animados. Perdió a su mamá en una masacre de espanto que recorrió durante meses las primeras planas de medios de comunicación. No hubo atención por parte del Estado. No puede viajar por no poder obtener identidad ni permisos. Su orfandad ha sido desamparada pese a tener abuelos dispuestos a representarlo.

Por: Gustavo Ocando Alex
Fotos: Iván Ocando





Dice recordarlo todo.

Su memoria parece estar más fresca que la tinta marrón del bolígrafo que empuña sobre la libreta de hojas blancas de rayas. Cuando habla de sus pasiones, miedos y nostalgias, abunda en detalles.

Pormenoriza, por ejemplo, los rasgos de uno de sus personajes favoritos de Dragon Ball, la manga japonesa creada en los años 80, mientras lo intenta dibujar en el papel, sentado la tarde de este viernes en un sillón de tela gris, derruida, en el porche rectangular de su casa, al lado de la cañada del barrio Leonardo Ruiz Pineda del noreste de Maracaibo.

Es cándido. Le gusta platicar. Dice conocer a la perfección los nombres de los guerreros, villanos y seres de su serie preferida: sus poderes y atributos; sus niveles de destreza; sus vestimentas; el color de sus cabellos; y, especialmente, que puede esbozar sus rostros o sus musculaturas sobre una hoja sin necesidad de calcarlos.

Las líneas, insiste, nacen de su retentiva.

“Lo que no me sale muy bien es el cuerpo, la cara sí”, admite Humberto Alejandro Paredes García (Ale), un niño trigueño, menudo, de siete años, apasionado del dibujo y de las comiquitas.

Aun así, se las arregla para trazar los brazos, los pectorales, los abdominales y el cabello largo y puntiagudo de un personaje que él dice conocer como “Gouka”, pero que prefiere apodar “Beri”. Lo escribe tal cual en el borde inferior de su obra.

Realza con líneas dobles las peculiaridades de su “muñeco”: los anillos que le permiten fusionarse para alcanzar su máximo poder; la cicatriz en forma de jota que tiene en su ojo derecho; la raya vertical en el medio de su pelo que aparece cuando alcanza el “nivel Dios”; y hasta los efectos visuales que emanan de él cuando está en “modo pelea”.

“Creo que nací para dibujar”, suelta, sin grandilocuencias. La frase está aderezada, en vez, con emoción evidente por su hobby.

Los cortes del servicio eléctrico, corrientes en el Zulia desde hace nueve años, interrumpen constantemente las emisiones de Dragon Ball del mediodía y de las 2:00 de la tarde. “Cuando se va la luz, los tengo que dibujar de memoria. Prefiero el dibujo, porque lo hago yo”, dice.

Su apego a la manga es tal que el corte de su pelo liso y castaño está inspirado en el de Trunkz, uno de los guerreros más destacados: dividido en el medio, de longitud proporcional en todos sus lados, con una pollina que cubre su frente hasta sobre las cejas.

Su personaje predilecto de toda la serie, sin embargo, es Vegeta, el deuteragonista de Dragon Ball. Príncipe de la Familia Real Saiyajin y magnífico guerrero, es uno de los pocos combatientes que vivió el genocidio de su raza en el llamado Universo 7 a manos del villano Freezer, decenas de capítulos y muchos años atrás.



Ale, como Vegeta, sobrevivió a una masacre.

Tenía cinco años cuando un grupo comando de delincuentes irrumpió de noche en su casa para someter a su familia, antes de asesinar con decenas de disparos a sus dos tíos, herir a otro y secuestrar a su mamá, el objetivo del ataque. Ella apareció decapitada dos días luego. Su cuerpo y cabeza flotaron en el Lago de Maracaibo.

Su mirada y bolígrafo aún danzan entre matices y rayas. Admite a su manera que su memoria, entrenada en tiempos de ocio gracias a tramas de series animadas, también preserva los pormenores de esa noche de terror, secuestro, balas y sangre.

“Todo eso lo recuerdo bien al pelo”, certifica, con tal sobriedad que hasta raya en la frialdad.

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La muerte tocó la puerta


El estruendo de los golpes de un barretón de hierro contra la puerta principal de su hogar despertó a la familia Paredes a las 11:30 de la noche del 31 de mayo de 2017.

Un grupo de seis hombres armados estaba ya parado dentro del garaje, a punto de derribar la segunda puerta, cuando Mónica García, la abuela de Ale, entonces de 50 años, imploró desde la oscurana intestina de la casa que no dispararan. Los niños se despertaron de golpe.

Apuntándoles, gritaron que eran funcionarios, exigiendo que les dejaran ingresar. Algunos vestían franelas y máscaras de calaveras. Otros, franelillas y bermudas.

- ¿Qué fue, pana, qué pasó? -gritó uno de los hijos de Mónica-.

- ¡PTJ! ¡Abrí, abrí! -respondió uno de los enmascarados-.

Los Paredes le abrieron la puerta a la muerte.

A Mónica, le ataron de inmediato sus manos y piernas con correas de amarre tipo Tirrap. Hicieron lo mismo con sus dos hijos –Humberto Paredes, de 23 años, mototaxista; y Michael Paredes, de 19 años, aficionado a las minitecas- y con su yerno, Lubén Morán, padre de los dos hermanos de Ale.

Recluyeron a cuatro niños en un cuarto contiguo, entre llantos y gritos de desespero: Ale; su hermano Rodrigo -de dos años entonces-; y los hijastros de su tío Humberto -de ocho y 10 años-.

Ale asegura que logró identificar uno de los tres vehículos que aguardaban afuera de su casa. También, vio el tipo de armas y la vestimenta que portaban los delincuentes.

“Ahí estaba parada una camioneta Toyota. Eran unos malandros con unas pistolas así, chiquiticas, y con camisas roja, una negra y una azul”, dice, ensimismado en sus dibujos de Dragon Ball.

Su abuela, sus tíos y el padre de sus dos hermanitos quedaron tirados boca abajo en el suelo de la sala. Los criminales preguntaban una y otra vez dónde estaba “la catira”.

“Dame a la catira, ¡a la hija tuya!”, le gritaban a Mónica. Cazaban a la madre de Ale, Mariángela Mayela Paredes García, de 21 años.

La buscaron hasta hallarla, con Sebastián en brazos –el hermano menor de Ale, de apenas un año-, escondida detrás de las ropas colgadas en el clóset de su habitación. Le ordenaron revelar dónde estaba una presunta maleta con dólares. A los minutos, la sacaron a rastras de la casa, dejando atrás a su bebé.

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Con 7 años, Alejandro dibuja al personaje "Beni", de la serie Dragón Ball, y dice que se identifica con él

Ale lo recuerda. “Lo que más escuché fue que estaban buscando por todas partes, que ‘a dónde estaba la maleta de dólares’ y nosotros no teníamos ni una maleta”, cuenta, refunfuñando.


Sus tíos pretendían incorporarse cuando comenzaron las ráfagas de tiros, disparadas directamente hacia los hombres: Humberto y Michael recibieron al menos 30 descargas, muriendo al instante; y Lubén, quien sufrió 10 balazos, sobrevivió al hacerse el muerto.

A la abuela no le dispararon. Las balas que fallaron o rebotaron destrozaron la mesa de la sala y el vidrio de la cocina.

“Yo me acuerdo que mi tío estaba ahí (en la sala). Yo quedé amarrao’. Estaban ahí acostaos, y, de pronto, pasó eso”, describe Ale.

Los gritos proliferaron. Eran ya alaridos. Desespero en estado puro.

“Eso fue verdad, porque yo lo recuerdo”, apunta el pequeño. “Es una historia tenebrosa que no me sale de la cabeza”.

De la alegría al espanto


Ale y sus dos hermanos están desde entonces bajo el cuidado de sus abuelos maternos, Mónica, hoy de 52 años, y Eduardo Paredes, de 64. Los cinco aún residen en la casa donde ocurrió lo que la prensa zuliana apodó “La Matanza del Leonardo Ruiz Pineda”.

Su barrio, ubicado en la parroquia Coquivacoa de Maracaibo, a 500 metros de la famosa Plaza del Ángel de la avenida Bella Vista, es cuna de familias pobres y conocido como antro de la delincuencia.

La inseguridad corre maratones entre sus trillas y en los costados de la cañada que interrumpe sus calles de asfalto.

Tres semanas antes del ataque a los Paredes, sicarios balearon a un hombre de 53 años, presunto tío de un expran (nombre de los líderes carcelarios en Venezuela) de la hoy extinta cárcel de Sabaneta, en un acto de aparente venganza. Otro, un veinteañero, había muerto seis meses antes al recibir 22 disparos durante una fiesta en una casa de la vecindad.

El Leonardo Ruiz Pineda es uno de esos lugares peligrosos donde el ronquido de una moto que se aproxima siembra hormigueos en el espinazo. La recomendación común entre sus residentes es aplicar un toque de queda temprano.

Tres orificios causados por las balas persisten en el hogar de los Paredes: dos en el techo de zinc, tapados con cinta adhesiva para que no entre el agua cuando llueve, según explica el abuelo Eduardo; y otro en la lata frontal de la cocina, a unos 15 centímetros debajo del horno.

Las carencias, como esos agujeros, son huéspedes perpetuos de la casa de fachada de pintura azul y beige desgastada de los Paredes.

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Eduardo, un hombre espigado, de piel morena y quien comenzó a vivir con Mónica y los niños luego de los asesinatos, solo cobra su pensión de 40.000 bolívares mensuales (5,6 dólares al cambio no oficial).

Su pareja, excocinera en restaurantes en tiempos mozos, vende ocasionalmente cafés en los bancos cercanos, mientras el papá de sus hermanos, el sobreviviente de la balacera, no ha hallado trabajo dadas las dificultades para caminar que legó el intento de homicidio en su contra.

El aporte de Humberto, el tío mototaxista de Ale, era vital para la subsistencia familiar. El dinero, en esa ecuación, es escaso.

Últimamente, hasta han tenido que vender dos de sus tres tanques de agua para comprar comida. Y la ayuda es esporádica.

Una hermana de Mónica envía cada tres o cuatro meses desde Estados Unidos una caja con alimentos, ropa, productos de aseo personal o juguetes. Algunos amigos del sector 18 de Octubre, donde solían vivir, les regalan alguno que otro kilo de arroz o harina cuando les visitan –no muy frecuentemente-.

Ale es un niño alegre en lo corriente. Su progresión en el segundo grado de educación básica ha sido óptima. Sus profesores aplauden su desempeño en las matemáticas, el dictado y, por supuesto, el dibujo.



Víctor Coronado, psicólogo del proyecto periodístico de Efecto Cocuyo y Cecodap, diagnosticó que el pequeño muestra una inteligencia promedio. Destaca sus capacidades de razonamiento numérico, tiene buena atención, concentración y memoria conservada.

Apuntó en un informe posterior a sus encuentros con Ale que mantiene contacto visual, adecuadas relaciones con sus pares, participa activamente en los juegos y comprende normas y roles.

Es aficionado de las Águilas del Zulia y el Real Madrid. Aúpa a la Vinotinto cuando la ve jugar en la televisión. Le gusta especialmente practicar el fútbol y el béisbol con sus vecinos de la cuadra. Prefiere que lo alineen en la segunda base porque, dice, “ahí sí batean duro”.

“No tengo balón de fútbol, sino dos pelotas de béisbol. Con esas mismas juego (los dos deportes), ¿verdad, papi?”, dice, mirando con una sonrisa pícara a su abuelo Eduardo. Extrabajador de una empresa que fabrica placas y diplomas, de trato afable, es su única figura paterna.

Mariángela, su mamá, quedó embarazada de Ale a los 15 años y, desde siempre su padre le desconoció. Tampoco le apoyó económicamente. El muchacho se mudó hace un par de meses a Estados Unidos junto a su familia.

Entre ellos y los Paredes no ha habido contacto desde el crimen. La abuela paterna, jueza de profesión, amenazó con una pelea legal por la custodia del niño, pero su advertencia se esfumó con el tiempo.

Mónica, a quien llama “mami”, le impide jugar con mucha frecuencia en las calles aledañas a su hogar. Según admite, desconfía de la moralidad y la bondad de los niños vecinos.

“Los muchachos de por acá son malos”, se justifica.

Ale, sin cortapisas, lo refrenda.

- A mí me dijo todo el mundo que mi mamá había muerto, que yo no tenía mamá, que la habían matado, que le tiraron la cabeza al Lago y todo eso.

- ¿Quién te dijo eso? –pregunta el psicólogo, sentado en el porche frente a él, que ahora dibuja una moto a petición de su hermano-.

- Los niños malos me dicen eso. Mis amigos me dicen: ‘dejá de recordar eso, porque eso ya pasó, recordá tu vida y a tu familia. No le tengáis miedo a nada, que tu familia te va a cuidar’.

Coronado, el psicólogo, advirtió de la actitud sobreprotectora.

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“Los vínculos de apego son necesarios en el desarrollo de los niños, puesto que estos enlaces con una figura de apego proporcionarán la seguridad física y emocional indispensable para un buen desarrollo de su personalidad”, indicó luego en su reporte.

También concluyó que el crimen imprimió en el mayor de los Paredes, “recuerdos de angustia y malestar psicológico intenso al exponerse a factores que simbolizan o se asocian con el hecho”.

Sus evaluaciones recientes han arrojado indicadores de añoranza de amor materno, ensimismamiento, deseos de aprobación social, angustias, inseguridad e interrelación defensiva.

Coronado registró un episodio disociativo de Ale, ocurrido hace meses. El niño contó que una noche, al ir al baño, vio el reflejo del rostro de su madre en el lugar de la sala donde sus captores la arrojaron antes de llevársela. La aparición, detalla, lo saludó por su nombre.

Su diagnóstico definitivo indicó que el niño sufre un trastorno de estrés postraumático, con expresión retardada. Esa condición, advierte, representa un riesgo mayor de problemas de conducta, trastornos depresivos, trastornos de personalidad o abuso de sustancias.

Ale es como una caja de pandora que proyecta alegrías en su exterior mientras en sus adentros alberga espantos. De día, juega, ríe, dibuja, estudia, pero en las noches, se despierta llorando, aterrado.



Manifiesta temores agudos cada vez que escucha explosiones de juegos pirotécnicos, sonidos de disparos a la distancia o cuando ve a gente armada. Las protestas contra el Gobierno nacional que ocurrieron cerca de su hogar en 2017 fueron particularmente aterradoras para él.

“Venía corriendo como loco. Se encerraba, nervioso, como en shock. Me decía que nos iban a matar”, rememora su abuelo.

Ale confiesa su temor mayor, con tono sosegado, frío. “No quiero que me maten a mí o a mi familia como a mamá Mariángela. Por eso es que tengo miedo. Si todavía no ha pasado, va a pasar algo”.

Culmina su segundo dibujo. Deja la libreta y corre a buscar unos robots de diferentes tamaños y colores para mostrarlos a los visitantes. Todos son de los Autobots, “de los buenos”.

Juega ahora con uno color rojo que ha bautizado en honor a su madre, “El Gran Mariángela”.

Vuelve a su admisión. Dice temer todavía “un poco” a los policías, pero su horror bulle cuando se trata de delincuentes.

“Los que sí me dan miedo son los malandros, porque andan así, matando gente de repente. Ellos sí matan gente así, normal”, opina.


Portazo a sus derechos


Ale no sabe dónde está enterrada su madre.

La policía científica tardó ocho días en entregar a su abuela los cuerpos de sus tíos, pero los Paredes aún esperan por el de su hija.

Funcionarios de la morgue y de la sede principal del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas le argumentaron a Mónica que el cuerpo pertenecía al Estado venezolano mientras adelantaban las investigaciones del caso.

La señora se dio por vencida. Asume que su hija está enterrada en algún camposanto administrado por la municipalidad.

El móvil oficial del crimen fue “ajuste de cuentas”. La policía dejó correr entre periodistas la versión de que la mamá de Ale era pareja del hermano del máximo líder de la cárcel de Maracaibo, a quien un grupo de sicarios había emboscado y asesinado dos días antes con su presunta colaboración. Se trató, según esa tesis, de venganza.

Los Paredes son pasajeros del tren de las teorías conspirativas desde el 31 de mayo de 2017. Presumen que una mano negra, que involucraría la complicidad de policías y bandas delictivas, ejecutó el crimen y, luego, lo solapó entre burocracias, menosprecios y desinterés.

Ningún agente del Estado entregó el acta de defunción de Mariángela. Ale vive en la orfandad formal sin ese documento.



El artículo 18 de la Ley Orgánica de Protección del Niño, Niña y Adolescente, Lopnna, determina en su segundo parágrafo que el Estado venezolano debe garantizar que los procedimientos en el Registro Civil sean “gratuitos, sencillos y rápidos”.

La inexistencia del acta de defunción de Mariángela impide a sus abuelos, por ejemplo, convertirse legalmente en sus guardianes. Ale tampoco puede viajar con sus abuelos dentro o fuera del país sin complicaciones jurídicas.

Sin el acta, impide a Ale solicitar su pasaporte en las oficinas del Servicio Administrativo de Identificación Migración y Extranjería, Saime, u obtener siquiera su cédula de identidad cuando cumpla 10 años, como lo establece el artículo 22 de la Lopnna.

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece en su artículo 56 que toda persona tiene derecho a obtener documentos públicos que comprueben su identidad biológica.

Los abuelos de Ale dicen que han recibido portazos en cada trámite que han intentado hacer. Y ninguna institución del Estado les contactó para ofrecerles sus servicios de atención integral a favor de los niños.

Maracaibo cuenta con múltiples instituciones para atender casos sociales y legales como el de los Paredes, aún más cuando se trata de tres niños afectados por el asesinato de su madre.

El Consejo de Derechos del Niño, Niña y Adolescente, que vela por la protección integral de ellos desde su misma concepción, tiene oficinas y funcionarios en la ciudad.

Una fundación llamada Niños del Sol, que administra la alcaldía, también atiende psicológicamente a pequeños con experiencias de violencia y maltrato.

El Consejo de Protección y el Instituto de Defensa de los derechos de los niños son otros sistemas oficiales que pudieron haber procurado abordar el caso de Ale y sus hermanos.

Los departamentos de psicología de la gobernación zuliana y de la municipalidad son otras alternativas. No hubo más que negligencia del Estado en un caso que no puede alegar haber ignorado, pues se trató de una bomba mediática cuyo estallido duró días publicando sobre la noticia.

Ale recibió atención psicológica gratuita en el Hospital Psiquiátrico de Maracaibo, no gracias al altruismo ni a la obligación constitucional y legal del Estado, sino por la mera casualidad de que su director es viejo amigo de la familia.

“Nadie nos llamó o vino. Nada de eso”, menciona Eduardo, decepcionado, mirando a su nieto mayor exhibir contento sus juguetes robots, mientras sus dos hermanos orbitan a su lado, ansiosos por agarrarlos.

“Teníamos las puertas cerradas por todos lados”, agrega. Su esposa asiente, entristecida. “No tengo nada (ningún documento) legal”, dice.

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Ruego de protección



Ale tiene otra afición: cantar.

Disfruta entonar melodías a Dios en la iglesia cristiana ubicada a un par de cuadras de su hogar. Los Pineda son católicos, pero permiten que asista al servicio dominical evangélico junto a una vecina, quien se encarga de llevar al rezo a un tropel de niños de la cuadra.

“Le pido al Señor porque no nos pase nada malo”, dice, sentado entre figuras y juguetes Transformers. Al lado, están su dibujo de Dragon Ball y el de una moto que bosquejó a petición de su hermano menor.

Su memoria, la misma que le permite dibujar personajes de mangas sin calco y desempolvar detalles de su noche más violenta, también incluye un cancionero de tonadas cristianas de su propia autoría.

Hay una en particular, sin título, que recita cada vez que tiene miedo. Se atreve a compartirla con su voz aguda.

Yo confío en el Señor,
él yo sé que me va a dar la vida eterna,
que nunca me va dejar pasar nada,
él me va a querer como nadie más te va a querer,
en el Señor, yo creo en él y en nadie más que a él,
pero él, Jesús, el mejor de todos es,
en el corazón lo dejo pasar solo a él,
al diablo le digo ‘no, vete, porque yo no te quiero aquí’,
yo quiero es al Señor en mi corazón,
al Señor en mi corazón lo quiero yo.

Sus abuelos y los invitados estallan en aplausos. Él sonríe, modesto.

“Esa es la que más recuerdo”, cuenta.

Su memoria sigue invicta. Sobrevive. Es un Super Saiyajin de carne y hueso.

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El caso de Ale




*Los nombres de los protagonistas fueron modificados para garantizar su seguridad y en cumplimiento con la Ley Orgánica de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes.

Créditos


Periodistas:
Julett Pineda - @julepineda
Cristina González - @cristinacgp
Vanessa Moreno Losada - @morelosadav
Gustavo Ocando Alex - @gusocandoalex
Francisco Rincón - @frajorim
Psicólogos:
Francisco Sanchez
Victor Coronado
Irma Peña
Fotografía y videos:
Mairet Chourio - @MairetChourio
Iván Ocando
Lizaura Noriega
Juan Camacho
Edición de Audio y Video
Miguel Rodríguez Drescher - @migueldrescher
Diseño, ilustración y programación web:
Ideográfiko - @ideografiko
Coordinación y Edición:
Jesús Noel Hermoso F. - @jesus_hermoso

Proyecto realizado por


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El contenido de este trabajo es responsabilidad exclusiva de Efecto Cocuyo y Cecodap, y en ningún caso debe considerarse reflejo de los puntos de vista de la Unión Europea y de Save The Children, organizaciones que brindaron apoyo para su realización.
Caracas, Venezuela - 2019