La identidad perdida

de Mariela


Efecto Cocuyo • Cecodap


Una muerte mediatizada. Así fue el homicidio de José, un joven de 25 años de edad, señalado en su barrio como delincuente. Detrás de un video viralizado producto del morbo en redes sociales y los titulares de sucesos, hay una niña revictimizada y expuesta una y otra vez a la estigmatización de una sociedad que reproduce el horror.

Por: Vanessa Moreno Losada
Fotos: Mairet Chourio




―Mira, esta es la única muñeca que tengo― dijo Mariela, mientras mostraba sus cosas en el cuarto de su casa.

―¿Y eso? ¿No te gustan?

― Sí. En mi otra casa tenía más. Pero los que mataron a mi papá quemaron la casa―, respondió.

Los periodistas y otros usuarios de Twitter difundieron el 27 de febrero de 2016 imágenes y videos de un grupo armado que arremetía contra un hombre. Usaban pistolas y escopetas; cuchillos e incluso una moto para arrollarlo. También gasolina para quemarlo. Era el registro de lo que le había ocurrido al padre de Mariela, la noche del 26 de febrero de ese año.

Su nombre es José, un joven de 25 años de edad. Sus allegados aseguran que desde adolescente comenzó a delinquir. Los últimos tres años de vida los pasó en el Internado Judicial Rodeo I, ubicado en el estado Miranda, a 43,5 kilómetros de distancia de Mariela. Cumplía una condena por homicidio. Allí mantuvo su relación de pareja con Carmen y dentro del recinto penitenciario se hizo padre.

“Nosotros buscamos quedar embarazados. Él estaba preso y me decía que quería un hijo y yo le decía que también. Él me daba todo y a la niña no le faltó nada mientras él estaba allá adentro. Nació la niña y él contento. La conoció allá adentro y yo siempre la llevaba para que la viera. Salió e igual, feliz con su hija. Se la llevaban muy bien”, manifestó Carmen, al equipo de Efecto Cocuyo.

Fuera de la casa, “El Joseíto” era conocido como el “malandro del barrio”, el que vendía drogas y usaba las balas para resolver sus conflictos. En su familia, era un padre abnegado que debía dejar “esas cosas” para convertirse en un “papá perfecto”.



“Mariela con él era pegada. José decía que la luz de sus ojos eran sus tres mujeres: su esposa, su hija y yo. Lo que Mariela le dijera, él lo hacía. Yo entonces le dije en algún momento: ‘cuando esa niña tenga 15 años es la que te va a mandar a ti, porque ella es la única que te domina’”, recordó Alba, su madre.

Las condiciones en las que murió José dejaron a la luz de sus ojos, totalmente desprotegida. En una entrevista realizada a Alba, por el equipo de Efecto Cocuyo, un mes después del homicidio, ella reveló la irregularidad: “Lo enterré sin identidad, porque no podían hacer prueba de identificación odontológica ni de ADN”.

El acta de defunción de José no lleva su nombre. En la línea donde deben ir sus datos, hay varias equis. La irregularidad fue cometida por el Registro Civil y constituye una violación al artículo 130 de la Ley Orgánica de Registro Civil que señala que parte de la información que debe quedar en un acta de defunción está la identificación completa del fallecido.

Esta es una de las razones por las que Mariela no lleva el apellido de José. Otra es que ella nació cuando él estaba preso y la niña fue presentada ante el registro civil con los apellidos de su madre.

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Mariela, de siete años de edad. Se dibuja a ella y a sus dos hermanos, en la casa de Vargas. Deja por fuera a su hermana de 15 años de edad y a su mamá. Sobre ellos escribe "mamá", cuando se le pregunta por ella.

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Cuando cumplió cuatro años ya su padre estaba en casa. No pasaron más de tres meses cuando sus rivales decidieron ponerle fin al dominio de la venta de droga que tenía en un sector de la parroquia El Valle del municipio Libertador de Caracas. Una zona popular marcada por la violencia armada.

La violación al derecho de identidad de Mariela es solo la punta del iceberg para Francisco Sánchez, psicólogo especializado en el tratamiento de víctimas de la violencia desde hace ocho años. Parte de sus puntualizaciones pasan por exponer que en un principio, el padre no reconoció ante las autoridades a la niña como su hija. Y ahí comienza el conflicto.

“Esta es una niña que a los cuatro años su papá aún no la había reconocido. Luego, vemos que para el momento de la muerte, no hubo actuar de los cuerpos de seguridad que frenaran la brutalidad. Tampoco hubo funcionarios que acudieran de inmediato para recoger los restos. Finalmente, el actuar irregular de las autoridades al entregar un cadáver sin identificar. Es decir, en todo esto no hubo Estado”, precisó Sánchez.

La lucha de Alba es recuperar el apellido para su nieta. Solicitó ese mismo año a la Fiscalía que la apoyara, que la orientara. Le indicaron que debía solicitar una orden de exhumación. Con esa información, la madre de José no sabía qué hacer, no sabía cómo tramitarla.

Recurrió entonces a la Defensoría del Pueblo, donde le aseguraron que son los tribunales los que autorizan las inhumaciones. Seguía perdida. Un día en la sede de Fiscalía de Caracas, consiguió a una mujer que como ella, buscaba justicia. Así fue como conoció el Comité de Familiares de Víctimas de la Violencia (Cofavic) y allí encontró asesoría legal.

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Una vez consiga la orden de exhumación de cadáver, firmada por un juez, es la Fiscalía la que se encarga del procedimiento. Eso sí, los gastos deben ser pagados por Alba. “Me dijeron que la familia es la que debe pagar todo”, recalcó.

Solo con este proceso ella podrá obtener un acta de defunción con el nombre de su hijo que le permita hacer el registro ante el Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (NNyA) con la identidad del padre.

“Al principio sí era importante para mí que llevara el apellido de José. Pero ahora, que ya va a cumplir nueve años, pienso ¿para qué? Al menos tiene el ‘José’ en su nombre: Mariela José”, reconoció Carmen.

El especialista advirtió que la búsqueda de Alba es acertada, pues para beneficios patrimoniales y legales, como una herencia, Mariela va a necesitar de ese apellido. “Todos estos hechos van sedimentando la vulneración al derecho de identidad de Mariela”, agregó.

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Dos versiones de padre


― Yo me llamo Mariela José. Por mi papá. Y una primita mía se llama Alba José, también por él ― contó Mariela mientras dibujaba a su familia en casa de su abuela paterna.

― Tú estabas muy chiquita, pero ¿qué recuerdas de tu papá?

―No tengo nada de él. Él se la pasaba en la calle. A veces venía a la casa a bañarse. Cuando venía, jugaba conmigo.

En la casa de Carmen hay un cuadro con la foto de José. Es una en la que el hombre aparece con Carlos, uno de los hijos de Carmen con otra pareja. El escenario es la cárcel. Aparecen sonrientes y juntos, una señal de cercanía.

Ese es el único recuerdo visible que hay en el inmueble ubicado en el estado Vargas, al centro norte del país. Las fotografías digitales se perdieron en un asalto, en el que el celular de Carmen pasó a manos de un desconocido.

En casa de la abuela materna no se habla de José. Allí su nombre es sinónimo de delincuencia y estigmatiza a Carmen, quien en una oportunidad se sintió juzgada. “Una hermana me dijo: ‘tú sabías muy bien que eso se esperaba y tienes que resignarte’", recordó en la entrevista.

Es la vivienda de la familia paterna la que da cobijo a ambas. José permanece vivo en sus hermanos, quienes se abocan a destacar sus virtudes y minimizar sus andanzas delictivas.También está Alba, que con amor de madre habla de su hijo. Mariela dijo en una de las visita que le gusta este espacio, más que su propio hogar.

“A veces, cuando le pego por algo malo que hizo, ella dice: ‘ay dios mío, si mi papá estuviera vivo tú no me pegaras. Ay dios mío, ven papito que mi mamá me pegó’". Hay veces que salimos, pasa por un sitio y lo menciona. Por ejemplo, ella aún no quiere pasar por donde lo mataron”, explicó Carmen.



Los diferentes discursos sobre la muerte de José es una de las complejidades que la familia sobrelleva. Así lo aseguró Sánchez, psicólogo que acompañó las entrevistas. “Al momento de explicarle a Mariela cómo murió su padre, no hay un consenso en la familia. Ella se va a enterar de muchas cosas que pasaron por distintas fuentes. Las distintas narrativas pueden generar una confusión importante que va a contribuir a asentar el malestar de la pérdida de su padre en esas condiciones”, advirtió Sánchez, quien también es investigador de Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (Reacin).

El psicológo también reflexionó sobre los efectos de la massmediatización de esta muerte para el proceso de Mariela. Llamó la atención sobre la tendencia a estigmatizar a los muertos y su familia según la forma en la que son asesinados.

Al respecto, en julio de 2019 Monitor de Víctimas, una iniciativa periodística del portal digital informativo Runrunes, publicó un manual para la cobertura de la violencia. Parte de los criterios expuestos pasa por la divulgación de fotografías. “Debe predominar el sentido común y la responsabilidad ética antes que las ansias de ganar viralidad y seguidores”, señala la guía.

“La información que comienza a rodar sobre el asesinato no piensa en que hay una hija que va a leer lo que pasa ahí. Esta familia también podría hacer una pugna, para desmontar tanto horror y videos de la muerte del padre porque va a ser la forma de proteger la integridad de la niña”, recomendó. La sociedad también termina violando los derechos de Mariela.

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De tenerlo todo a aprender a conseguirlo


―Ya no vivo aquí, cerca de la abuela― mencionó Mariela durante una entrevista lúdica, realizada en casa de su abuela paterna.

―¿Y eso, por qué se mudaron?

―Bueno por el problema del transporte. Me aplastaban en el autobús y llegaba tarde al colegio. Entonces, la maestra decía que tenía que repetir―respondió.

La noticia llegó a Carmen por teléfono. “Prima, mataron a José”, fueron las palabras que a través del celular logró escuchar la mamá de Mariela. Estaban juntas en la planta baja del edificio de la Misión Vivienda, a donde recién se habían mudado ese 2016.

Misión Vivienda es una de las políticas del Estado venezolano que consiste en adjudicar inmuebles a los ciudadanos, sin costo alguno. En el estado Vargas, donde está residenciada Carmen con sus cuatro hijos, dos de José y otros dos mayores de otra pareja, hay 40.529 viviendas del programa social, según declaró el gobernador de esta entidad, Jorge Luis García Carneiro, en junio de 2019.

“Me puse a llorar. La abracé a ella y le dije ‘mami, quedamos solas’. Ella entendió y lloraba y lloraba. Mis hermanas se la llevaron. Yo me fui con la señora Alba y ella quedó con sus tías”, contó Carmen sobre la noche del 26 de febrero de 2016.

El proceso fue impactante. No solo saber que José ya no estaba, sino cómo cometieron el crimen. El relato de Carmen, madre de sus dos hijas -quedó embarazada, poco antes de que fuese asesinado- mantiene el horror intacto de ese día: “Yo no podía creer que se había dejado matar así. Tan pila que era. Que le pasaron una moto por encima, que le picaron una pierna. Yo hasta ahora no he visto los videos que hicieron”.

Ella no lo ha visto, pero Mariela sí. Según Carmen, un día una de sus hermanas veía las imágenes en el celular y la niña, a sus cuatro años, estaba en la habitación. “Yo creo que ella vio”, asegura la madre.

Tener acceso a ese episodio de terror es sencillo. Basta teclear en Google el nombre del fallecido y el lugar donde ocurrió el hecho. Inmediatamente, cientos de anuncios en medios aparecen. En Twitter, solo la publicación de uno de los videos alcanzó más de 100 mil vistas. La eternidad de internet juega en contra de la memoria familiar.



“Me sentí sola un tiempo. Pero la señora Alba me apoyó bastante. Luego, fueron unos muchachos que son cristianos y me hablaron de Dios. Me comencé a congregar. Sí, a veces me pega la broma. Pero tengo una hija grande de 15 años, otro de 12 años, Mariela y Liliana. Me distraigo con ellos, salimos o nos vamos a la iglesia”, dijo Carmen.

Uno de los cambios de su vida fue el poder adquisitivo. Ella tiene 28 años de edad, cuatro hijos y no culminó el bachillerato. Mientras mantuvo su relación con José, no sintió la necesidad de elaborar un proyecto de vida laboral. Él la apoyaba económicamente, al igual que su propia familia.

Cuando José fue procesado por la justicia y privado de libertad, logró escalar en el estatus carcelario. Esto significa que el joven obtuvo una posición de poder sobre el resto de la población penitenciaria de Rodeo I. Se convirtió en “Lucero”, lo que le permitía tener un negocio de comida dentro de la cárcel, tener su propia habitación y recibir allí a sus hijos.

“Al salir de la cárcel, su mamá lo ayudó al principio con el dinero. Luego, comenzó a trabajar carpintería con el papá, cuando nos mudamos a Vargas. Pero después regresó a Caracas y comenzó a vender otra vez su droga. Yo digo que él pudo haber dejado ese mundo después de salir”, comentó Carmen.

Además de la carpintería, José era diestro para la repostería. Ese es el legado que dejó para Mariela y Carlos, el hijo de 12 años de Carmen. A ambos les gusta hacer galletas, tortas y otros postres sencillos. Pero para la primogénita de José, esa destreza culinaria es un detonador de los recuerdos de su padre.

“Ella sí me dice que le falta su papá. Cuando viene su cumpleaños, sobre todo. Ella dice ‘si mi papá estuviera vivo me hubiese hecho la fiesta, me hubiese hecho la torta’. Porque José le hacía todo eso. Ahora, es difícil para mí”, indicó.

La familia materna y paterna intentan mantener la rutina de Mariela. De eso se aferra Carmen, quien también encontró un soporte que por falta de presencia del Estado, se ubica en la comunidad evangélica. Con ellos hace trabajos a destajo y obtiene colaboración en alimentos. También su familia religiosa la impulsó a su nuevo objetivo: culminar su etapa académica.

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El caso de Mariela