Piratas del Lago

robaron el tesoro de Mike


Efecto Cocuyo • Cecodap




Delincuentes asesinaron a un padre de familia en el estado Zulia y dejaron en la orfandad a 7 niños y a una adolescente. Las instituciones del Estado están ausentes. La crisis socioeconómica en la familia se agravó y los efectos de la violencia ocasionan insomnio, pérdida de apetito y negación en Mike.

Por: Francisco Rincón
Fotos: Ivan Ocando








“Es el mejor que tengo de su edad. Tiene mucho futuro, pero no lo veo igual que antes. Decayó luego de la tragedia de su papá y está desanimado. Ahora, es muy tranquilo y pausado. Su padre siempre lo traía y estaba pendiente. Se hacían gestos durante las prácticas y si no se podía quedar, llegaba antes de terminar. Siento que se le jodió la cabeza”, dice “Julito” con melancolía, mientras recibe tres golpes y grita en el cuadrilátero del Gimnasio Betulio González.

Sobre un armario polvoriento se esconde un gran secreto. Mike brinca sobre la cama y mueve de la ventana un trapo con la figura del hombre araña. Permite así que los rayos del sol iluminen un par de guantes de boxeo, hechos por su papá con goma espuma amarilla y un trozo de tela rasgada de un cojín. Representan parte del pasado y un recuerdo estampado en el camino por venir. El primero, protagonizado por la unión, los sueños y la alegría; el segundo antagonizado por la ausencia, la tristeza y el dolor.

En el hogar de la familia Gómez-Salas resalta la calma. Terminan de preparar un arroz con camarones para cenar, mientras ruegan que los racionamientos eléctricos no los condenen a vivir “otra noche de terror”. En medio de la faena, una pregunta quiebra silencio y el tono desmorona la serenidad: ¿mami, le guardaste la comida a papi?

En la pequeña casa ubicada en el barrio Valle Encantado del municipio San Francisco del estado Zulia, vive Mike, un pequeño de 7 años, junto a Yuly Salas, su mamá, su abuela y siete hermanos: Yorban de 5 años, Miguel de 4 años, Geovani de 3 años, Maikel de tres meses, Yolimar de 14 años, Gabo de 12 años y Yeilimar de 10 años. En su entorno los recursos son limitados. Para llegar a su residencia es necesario recorrer un camino de arena y piedras bordeado por viviendas con cercas de lata y atravesar dos vertederos de basura que emanan humo y afectan a todo el sector.

En la barriada, que tiene servicio eléctrico, aunque es interrumpido diariamente al menos por 12 horas debido a los racionamientos y apagones, hay decenas de casas donde algunas mujeres lavan la ropa en la acera debido a la falta de agua corriente. Hay días en que los pequeños chapotean en la cañada cercana y buscan “pescaítos” en las aguas putrefactas. Sin embargo, los más osados, que tienen familia en San Luis, caminan 15 minutos para bañarse en el Lago; la inocencia hace que ignoren los peligros, las enfermedades por la contaminación y los parches de petróleo que se pegan en la piel.


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Un rompecabezas con pocas piezas


“No me gusta el camarón. Sabe a arena”, dice Mike, mientras ve cómo Zulimar, su hermana mayor embarazada y que ya no vive con él, los pela sobre una mesa de madera que permanece en el patio, al lado de una pequeña cocina con grietas en la pared que permiten ver a otro lado: Un cuarto de paredes marrones con una cama, tres colchonetas tiradas en el suelo, un aire acondicionado, una peinadora que sirve como alacena y un televisor de cajón.

El niño tiene los pies curtidos, rasguños en su cuerpo, no tiene franela, es delgado y de cabello claro, es tímido. Casi no habla. Mientras escarba en su memoria para charlar, su mirada se pierde en el horizonte como si un suceso lo desconectara.

Con el transcurrir de los minutos da señales de que su vida dio vueltas como una media. Desde el 17 de abril de 2019 todo cambió. A partir de esa fecha en su casa se dejó de servir un plato de comida. Una moto azul permanece estacionada en la cocina sin encender. Mike no olvida la noche en que la algarabía se tornó tan triste.

“Quiero ser boxeador o policía para meter preso a mi primito, porque se porta mal”, balbucea el niño evitando detalles de quién ya no está. Mike practica boxeo por influencia de su papá, pero no asiste con regularidad tras haberlo perdido, y como resultado de los racionamientos eléctricos que afectan a Venezuela desde marzo de 2019. No es la primera vez que uno de sus sueños pende de un hilo. En febrero había sido retirado de la práctica deportiva por su conducta agresiva en el hogar.

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Cuando llega la muerte


El barrio Valle Encantado carece de servicios de aseo, red de cloacas y suministro de agua por tubería. Para tener “una gota”, se ven obligados a buscarla en casa de una vecina y cargarla en baldes de regreso hasta su hogar. La tarea los agota y desespera, más si en el “estomaguito solo tienen un mango o un pancito”. Cuando quitan la luz, sacan los colchones a la calle para sobrevivir al calor y la humedad. En ese instante los zancudos aprovechan la oportunidad y hacen macuare, dejando marcas sangrantes.

Al Mike le encanta escuchar vallenatos, champetas y rancheras, pero llora al recordar a su papá. “Antes era extrovertido e intranquilo, pero ahora es muy quieto”, dice su mamá. Ni a Mike ni a sus hermanos les apetece la comida como antes. “Papi está en cielo”, dicen, sin importar que para él esta sentencia fuese especial.

El 17 de abril, Geovani Gómez de 29 años, padre biológico de cinco niños (Mike, Yorban, Yonaiker, Geovani y Joiner), y de los otros tres que criaba (Yeilimar, Gabo y Yolimar), salió en horas de la tarde para ir a pescar en la noche, algo que no era habitual.

“Lo noté muy intranquilo e incluso se regresó dos veces a la casa. Le dije que no fuera porque era peligroso y repartirían las cajas del CLAP, pero se fue porque la pesca (esta vez) era para ellos”, contó Yuli Salas con voz entrecortada. Ambos tenían una relación sentimental desde hace casi nueve años. Ella es madre de 10 hijos en total.

Gómez llegó minutos después al sector San Luis, donde pescaba desde hace 20 años. Junto a sus compañeros organizaron una travesía en el Lago de Maracaibo de la que nunca regresó.

A las 8.45 de la noche un grupo de “Piratas del Lago” los abordó, amenazó y apuntó con armas. 10 pescadores lograron huir pero al resto de la tripulación solo les dio tiempo de rogarle a Dios. Los delincuentes gritaron: “todos al agua”. Estaban dispuestos a matar. Querían todo lo material. Para ellos, la vida de los tripulantes “carecía de valor”.

Los gritos del hambre


Geovani sabía que lanzarse al agua lo condenaría a morir: no sabía nadar y los salvavidas (otros pescadores), no llegaron a tiempo para evitar su desaparición. Su familia, desesperada, llegó a la playa para averiguar lo que pasaba. Estaba oscuro. Un racionamiento eléctrico azotaba al sector y Yuly, en compañía de dos de sus pequeños, escuchaba cuando Mike preguntaba “¿Por qué papi no llegó?”. La piel se le erizó y en medio del dolor respondió: “Hijo, papi no regresará hoy”.

La búsqueda se prolongó por tres días hasta que su cuerpo flotó en un muelle de una carbonera ubicada vía El Bajo, a poco más de 2 kilómetros del lugar en que zarpó. Un mototaxista llegó al hogar de los Gómez y en medio de la incertidumbre, gritó: “Apareció”. Zulimar se desmayó. A la suegra de Geovani, que vive con ellos, la cargaron, porque también se desplomó.

Funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana apostados en el destacamento de Vigilancia Costera con sede en la cabecera del Puente sobre el Lago de Maracaibo, confirmaron la noticia a Yuly, su concubina, que desfalleció cuando vio el cadáver: solo uno de los niños, Geovani, la acompañó. Su cuerpo fue sepultado a las 7.00 de la noche en el Cementerio Municipal de San Francisco entre la oscuridad, la maleza y el dolor. Sus hijos lo supieron pero solo Mike, Gabo y Zulimar fueron a darle el último adiós. No se retiraron de la urna ni un momento y la acariciaron hasta que el sepulturero inició con su labor de enterrador.

La negación


Mike siempre recuerda que, según el comentario de un pescador que se salvó, su papá gritaba: “Flaco, no puedo más… me cuidáis a los muchachos”. Él lo cuenta sin remordimiento, pero evita mirar a los ojos cuando se refiere a su papá.

Se niega a dibujar una familia y evita cualquier expresión que desentrañe lo que lleva en la mente y en el corazón. Como si evadiera los puños en un cuadrilátero, es su defensa ante la angustia por una situación que lo golpea sin compasión.



La partida de su papá marcó su vida. Ocasionó la ruptura del fuerte lazo afectivo que mantenían y produjo un cambio en la estructura familiar, explica el psicólogo Víctor Coronado. “Presta atención cuando le hablamos, durante sus actividades y cuando juega. Sin embargo, sus expresiones no coinciden con lo que cuenta, como por ejemplo, no muestra emociones de tristeza cuando habla de su padre fallecido”.

Mike, al igual que Yonaiker, manifiesta síntomas de insomnio parcial y dificultad para conciliar el sueño. Según el informe psicológico elaborado por el especialista para este reportaje, el niño se encuentra en una fase de negación. “Está incrédulo ante el suceso y se muestra frío cuando lo relata. No expresa emociones como comúnmente se espera. La falta de servicio sanitarios adecuados y el hacinamiento, también inciden en el desarrollo de su autonomía”.

Yuly dice que “nadie la ve llorar”. Cuando se quiebra, prefiere la compañía de la soledad. “Anhelo que mis pequeños superen la pérdida de su papá”, dice compungida.


Sueñan una vida normal


A los infantes les encanta ver televisión y Blaze and the Monster Machines, que transmite el canal internacional NickJr. Los reunía sin falta, pero desde noviembre esa ilusión se esfumó y la cablera que prestaba servicio, lo retiró. “Sintieron que les arrancaron una de las cosas bonitas que tenían”, explica Zulimar, la hermana mayor que alcanza ya los 7 meses de gestación.

Mike y sus hermanitos anhelan jugar con muñecas y carritos, ir a un centro comercial, comer helado, ver comiquitas en la televisión y regresar a la escuela para disfrutar con sus compañeros a los que tanto extrañan.

Unas panquecas con queso y mantequilla “lo matan”, pero no las prueba desde hace más de un año, porque los productos que se necesitan para prepararlas no llegaron más en las cajas Clap de alimentos que reparte el Gobierno de Venezuela desde hace varios años.

A diferencia de su papá, el pequeño asegura que sí sabe nadar. Su tono de voz es bajo cuando intenta conversar y solo con el paso de los minutos, balbucea palabras difíciles de entender debido a dificultades que tiene para pronunciar letras como la T y la C, para escribir y para leer.

Mirando al suelo, sin mostrar emocionalidad, susurra: “Le tengo miedo a los vivos porque los muertos no hacen ninguna maldad”.



Desde enero de 2019 Yeilimar, de 3er grado; Mike, de 2do grado y Yorban, de la sala de 5 años, escolarizados los tres, no asisten al Colegio Eugenio Sánchez García, ubicado en la calle 20B, a un kilómetro de su hogar . La falta de alimentos, zapatos, útiles escolares, uniformes, sumados a los apagones y los racionamientos eléctricos, son factores que determinan su ausencia a las aulas de clase. Algunas maestras también están de viaje y su futuro es incierto. Lo único seguro es que todos los pequeños presentan dificultades para escribir y leer.

Cabeza de hogar


Yuly, ahora cabeza de hogar, respira hondamente. Su frente brilla y la cara se torna rojiza mientras los niños pelean y gritan. “Geovanito siempre fue alegre y nos amaba. Cuando llegaba agotado le encantaba jugar Call of Duty con los muchachos en la Canaima (mini laptop). Hace poco me dijo que quería irse a trabajar a Colombia para darnos calidad de vida, pero esperaba una llamada que nunca llegó”, recuerda la madre.

Tras su asesinato, los ingresos económicos familiares cayeron más del 95%. Ahora dependen de ayudas de familiares y de vecinos, de un yerno que “no los desampara” y de la venta de panes y pasticas que oferta Yuly en una esquina cercana. “Con eso compramos pañales y un pote de agua para tomar. A veces hacemos las tres comidas y los niños no se quejan, pero hay días en los que veo las ollas vacías y se me arruga el corazón”, dice Yuly.

Desde hace días la única fuente de ingresos se esfumó. El capital ahorrado para reponer la mercancía se destinó para adquirir pañales y algo de comida.

Yuly quiere irse a Maicao (Colombia) a vender mercancía y piensa vender la moto que dejó su pareja para lograrlo. “Mis hijos son todo para mí. Quiero que estudien y que sean alguien en la vida. Extrañamos demasiado a Geovanito. Él estaba muy pegado con nosotros, especialmente con Mike”.

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Estado difuso


El joven era pescador, mototaxista y pertenecía al “batallón de ambientalistas” de la alcaldía de San Francisco. Mike lo extraña, con frecuencia llora al no tener a su papá. En su vida hubo un antes y después. Los piratas no solo arrebataron su tesoro, también sumieron aún más en la precariedad a una familia que ni un ponquecito con una velita puede picar.

Yuly descartó la posibilidad de buscar ayuda en las instituciones del Estado. Aborrece la burocracia gubernamental y cree que no obtendrá las respuestas que su familia necesita. El rastro de los niños, niñas y adolescente (NNA) que quedaron huérfanos a consecuencia de la violencia, es difuso.

Poco o nada se conoce de sus edades, interés, situación económica o emocional. Incluso, existe un desconocimiento generalizado y confusión en torno a las instituciones del Estado que atienden estos casos o a las cuáles las personas pueden acudir.

Durante las visitas a la sede del Consejo Municipal de Derechos y Protección del Niño, Niña y Adolescente (Comdepro), al Instituto Público Municipal de la Salud (IMSASUR), a la Casa Abrigo Negra Matea (institución creada por la municipalidad) y a la Alcaldía de San Francisco, se evidenció un patrón: funcionarios y funcionarias alegan que “este tipo de casos pocas veces, o nunca, llegan a sus oficinas”. En la Casa Abrigo Negra Matea una mujer respondió: “No te podemos dar ese tipo de información”. En el IMSASUR comentaron: “No es común que atendamos a niños con esa situación, pero quizás una fundación puede saber de eso”. En Comdepro explicaron que “al año llegan uno o dos casos, pero no tienen un registro concreto”.

De acuerdo a los relatos de estos últimos, las personas no buscan ayuda por “desinformación, temores infundados y tabú”. Esos casos, según sus testimonios, “los maneja el Ministerio Público o la Defensoría del Pueblo”, sin embargo, “tienen un equipo multidisciplinario o remiten a algún otro a los NNA para atenderlos”. Al momento de la visita, la institución no contaba con psicólogo propio porque renunció.

En la Alcaldía de San Francisco las respuestas fueron similares. Una empleada llamó por teléfono a su jefe y le consultó si podía entregar esa información. Al finalizar, respondió: “Ese tipo de casos casi nunca llegan aquí. Si tuviera un registro te lo daría”. Otra funcionaria aseveró que “a los jefes les da mucho miedo dar esa información”.

Un “Infierno” en el agua


La inseguridad y la violencia se apoderaron del Lago de Maracaibo. Los Piratas roban motores, lanchas, pescados y vidas. Para cometer sus fechorías cargan con motores con el doble de potencia que el de los pescadores, Fusiles Automáticos Livianos (F.A.L), R15, granadas, chalecos antibalas, lentes infrarrojos y pasamontañas. Pescadores relataron, bajo condición de anonimato por temor a represalias, que les “aterroriza salir a trabajar”.

Desde el asesinato de “Geovanito”, en varios sectores del sur no han vuelto a salir a pescar en las noches. En las comunidades que dependen del Lago, dos ausencias hacen estragos: la de los alimentos y la del Estado.

Cuando se registra robos, amenazas o denuncias, los pescadores aseguran que “los funcionarios de los cuerpos de seguridad del Estado se excusan y dicen que no pueden salir a patrullar porque los motores están dañados”.


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A diario se registran hasta 12 robos en el Lago, de acuerdo a profesionales de la pesca. “En un solo asalto se llevan hasta 14 lanchas con sus motores. Cada uno cuesta entre $1.500 y $8.000 y no podemos reponerlos. Pasamos hasta 2 años parados. En el mejor de los casos salimos a remo, pero los ingresos económicos caen más del 80% al igual que la principal fuente de alimentos (pescados y mariscos). A veces, el único plato de comida que tenemos se lo damos a los niños para que no pasen el día con el estómago vacío”.

Al ring con el fantasma del nocaut


Las acciones y omisiones del Estado venezolano han vulnerado el derecho de Mike y el de su familia a la alimentación, educación, recreación, salud, a disfrutar de un ambiente sano, al agua y al saneamiento, de asociarse, a tener una familia, a recibir protección y a crecer en libertad.

A los pequeños les encanta subir a la moto azul y gris que manejaba su papá. “Si tuviéramos la oportunidad de decirle algo sería, papi, aquí te esperamos. Te amamos”. Por ahora, Mike y Miguel tratan de ocupar el lugar vacante: duermen acurrucados en su lado de la cama y miran a su alrededor como en busca de una explicación.

Mike observa cómo frente a su vivienda caminan niños de su edad que trabajan pastoreando vacas y ovejas. También a un grupo de pequeños descalzos y sin franelas que juegan con arena, y a un adulto mayor que recoge botellas de plástico en el vertedero del sector.

Él no quiere eso, quiere ser policía o boxeador. Ya la vida lo intentó noquear en el primer round, pero Mike se niega a perder una pelea marcada por la violencia y la indolencia estatal.

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El caso de Mike