JESÚS

y la suma de los abandonos


Efecto Cocuyo • Cecodap




Vive rodeado de escuelas. Hay seis de ellas en un radio de un kilómetro. Tiene 12 años y no va a ninguna. En su comunidad, o es el “dientón” o es “Jesusito”, el que barre la calle y hace mandados. En casa es el mayor de nueve niños y es quien debe “cooperar” con los labores del hogar. En menos de 500 metros de donde vive, al menos cuatro episodios con armas se han registrado. Uno de ellos, el homicidio de su padre.

Por: Vanessa Moreno Losada
Fotos: Juan Camacho






Contar la historia de Jesús es describir su entorno y derrumbarse ante la escasez que lo rodea. Jesús es más que el grito de “ojalá te mueras” que suele espetarle a sus familiares. Es el resultado de la violencia diseminada en nuestra sociedad; la armada y la verbal; la doméstica y la social; la externa y la interna. Jesús es la materialización de lo que ocurre cuando el Estado no existe en la vida de un ciudadano, pero principalmente de un niño.

Nació hace 12 años en el seno de una familia numerosa. Si en 2019 sus miembros se congregaran, el conjunto llegaría a 30 personas: dos padres, cinco hijos y 13 nietos. Uno de los tíos de Jesús fue asesinado hace 14 años; si no, serían seis integrantes de la segunda generación.

Alejandra es su mamá y Rafael su papá, al que solo llegó a ver en sus primeros tres meses de vida. El homicidio de su papá no existió para las periódicos del país y tampoco existe en la vida diaria de la familia González. Para Jesús, su padre es el abuelo Pedro González, el patriarca.

“El abuelo Pedro es un hombre muy humilde. Trabajaba como albañil. Era cariñoso con sus nietos. Él fue el que crió a Jesús. Al irse a Colombia, lo dejó en una completa orfandad”, comenta Katiuska, una vecina que se ha tomado la tarea de apadrinar al niño.

Jesús es el primer hijo de Alejandra, una mujer que hoy tiene 33 años de edad y trabaja seis días a la semana, de 7:00 am a 7:00 pm. Cuando Rafael fue asesinado, a 200 metros de la casa donde estaba el recién nacido, ella se mudó de Petare, parroquia más poblada del municipio Sucre del estado Miranda. Dejó ahí a su primogénito y a 23 kilómetros de distancia, en la parroquia Antímano, hizo una nueva vida y cuatro hijos más.


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“Cada vez que él pedía, yo le mandaba. No solo para que comiera mi hijo, sino para que comieran todos los que estaban aquí”, afirma Alejandra a Efecto Cocuyo, desde la vivienda en Petare, a donde regresó hace año y medio, después de que el abuelo Pedro decidiera migrar a Colombia.

Para ella el comportamiento de su hijo mayor fue una sorpresa. Asegura que desde pequeño la llamó por su nombre: Alejandra. También dice que su agresividad comenzó en preescolar y luego “de la noche a la mañana” sintió que no podría mejorar la relación con él. “A lo que él empezó a estudiar comenzó con una mentalidad de una pistola”, agregó.


Testigo de la violencia


Aunque Alejandra explica que el sector donde reside ya no es un foco de violencia, pero recuerda que hace años, sí. A los cuatro años, Jesús vio un desfile de cadáveres en la acera de enfrente, resultado de un supuesto ajuste de cuentas entre bandas enemigas. El caso quedó reseñado en la prensa como la masacre de Petare. Siete personas murieron en ese tiroteo.

A los diez años fue testigo y sobreviviente de un enfrentamiento entre dos hombres del barrio y una comisión del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc). Un disparo lo alcanzó en el pie, otro hirió a una mujer de la tercera edad y unos cuantos más mataron al líder delictivo de la zona y a uno de sus secuaces.



Esto ocurrió en 2017. Ese mismo año, una serie de homicidios se registraron en la zona, por lo que el Diario 2001 dedicó 4.000 caracteres para describir cómo se vivía la violencia armada en el barrio donde actualmente vive Jesús.

El medio impreso reseñó las muertes por robos, las ejecuciones extrajudiciales, las agresiones policiales y lo que denominó “la exportación de delincuentes”. En dos meses de ese año se conocieron de seis homicidios sin responsables.

“Yo iba a hacer un mandado de un vecino y llegó la policía. Había unos malandros, los paró la policía y se entromparon. Yo corrí. El malandro le intentó meter para matar al policía. Y entonces me dieron. La bala me quedó ahí, no me la pudieron sacar”, narra el niño, mientras dibuja varios Mickey Mouse, en una entrevista con el equipo de Efecto Cocuyo.

La conversación estuvo guiada por Francisco Sánchez, psicólogo y miembro de la Red de Activismo por la Convivencia y la Investigación (Reacin), quien atajó de inmediato la falta de institucionalidad que rodea a la familia González.

“La historia de Jesús nos da un fuerte testimonio de lo que significa para un individuo la retirada por completo del Estado. Su historia es tan compleja que estando en su comunidad hubo un tiroteo entre funcionarios del Estado y una pequeña banda local y el niño recibe una bala en el pie. Ahí vemos que Jesús está tan en la sombra de la institucionalidad que le puede pasar estas cosas”, explica el especialista, que tiene ocho años trabajando las consecuencias de la violencia armada en los ciudadanos.

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Jesús, de 12 años de edad. Así ve la casa en la que vive.

Rodeado de escuelas en las que no estudia



Dos cajas para 11 personas


La casa en la que Jesús vive está conformada por tres espacios. El primero es sala, comedor y cocina al mismo tiempo. No hay mesa ni sillas que así lo indiquen, pero la nevera y la cocina pegadas a las paredes agregan pistas al escenario. Aquí la iluminación es natural, llega del vano de una puerta que conecta con un pasillo, que a su vez funge como balcón y depósito del inmueble.

El último espacio es la habitación. Cuando el equipo de Efecto Cocuyo llegó por primera vez a la casa de los González, de ese cuarto salieron una mujer embarazada, una adolescente y nueve niños inquietos. Se trataba de Mariana, la tía de Jesús; la sobrina de ambas, una esbelta señorita de 15 años y los hijos de las mujeres mayores.

Los de Mariana tienen 9, 8, 6, 4 y 2 años de edad. El que lleva en el vientre tiene unos seis meses. Los de Alejandra tienen 12 (Jesús), 9, 8 y 4. Hay una quinta hija de Alejandra, de unos siete años, criada por el hermano mayor. Actualmente vive con él en Colombia, desde 2016.

En la casa de los González la comida siempre es un punto de conflicto. Mariana se queda con los nueve niños, mientras Alejandra pasa casi 12 horas fuera de la casa. Trabaja en una pastelería en Los Dos Caminos, parroquia Leoncio Martínez.


Alejandra, a diferencia de Mariana, no está inscrita en los programas sociales del Gobierno. Sin embargo, dos combos de alimentos de la cesta básica llegan a la familia González. Son los que figuran como parte del programa gubernamental Comités Locales de Abastecimiento y Producción. Dos cajas Clap (como se le dice al proyecto de alimentación en la neolengua venezolana) para 11 personas.

Mariana recibe las bonificaciones otorgadas a través del carnet de la patria, un instrumento del Gobierno que funciona desde 2017. Ella escogió obtenerlo.

Hay bonos mensuales. Uno de ellos se llama Gran Misión Hogares de la Patria. El máximo monto pagado por el Gobierno es de 40.000 bolívares y se le otorga a familias con más de seis integrantes. Para septiembre de 2019 esto es el equivalente a poco más de dos dólares al cambio que marca el Banco Central de Venezuela.

Otro tipo de bonificaciones a través del carnet de la patria son aleatorias. Como los bonos por las festividades de Carnaval o Semana Santa. El más reciente fue el Bono Especial Independencia, por un monto igual al de Hogares de la Patria.

Es poco dinero para tantas personas. Mariana confesó apenada en una de las entrevistas, que a veces debe decidir entre comprar jabón y comida.

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El papá y sus paticos


En la casa de los González los gritos de “ojalá te mueras” son frecuentes, según relatan sus habitantes e incluso vecinos. Es una de las reacciones de Jesús cuando no está de acuerdo con lo que las adultas del hogar le dicen. Otra son los golpes. Ambas admiten que el niño coopera con las labores del hogar. De hecho, aseguran que si Jesús no es el detonante de algún conflicto, es porque atiende a sus hermanos.

Los vecinos dicen que fuera de la casa, el niño de 12 años mantiene estos cuidados con sus hermanos. Por ejemplo, si Jesús sale a la calle, el resto lo sigue. Suben y bajaban por el barrio y cruzaban de acera a acera. “Parece un papá pato, con el resto de los paticos”, bromea Katiuska.

Ella es vecina de la familia González y ha sido una de las habitantes del barrio que le ha tendido la mano a Mariana y Alejandra. Dice que una de sus preocupaciones es la influencia de los jóvenes de la comunidad en Jesús. “Él no está acostumbrado al cariño. Los chamos le hacen bullying por su dentadura. Lo agarran, lo fastidian, se burlan. Le llaman dientón”, lamenta.

Efectivamente, las burlas hacen mella en el niño. “Yo creo que si me ponen aparatos se me acomodan estos dientes. Pero la gente dice que yo me voy a quedar así siempre”, comentó Jesús a Sánchez durante una de las actividades en casa de Katiuska. Además de regalarles ropa, muebles y prepararles comida, esta vecina organizó unas tareas dirigidas para los niños González, que funcionó por un par de meses este 2019. Jesús solía llevar de la mano a todos. Allí pintaban, practicaban matemáticas o lectura. Pero él no podía participar.

Para Jesús las actividades escolares aparecían como difíciles. “Jesús no sabe agarrar el lápiz, escribe su nombre con complicaciones, no sabe leer, no lee corrido, lee silábico. Es un adolescente de 12 años que no sabe leer. Él siente que sus hermanos y primos sí pueden leer y escribir y él no. Entonces, prefiere alejarse de ese tipo de actividades. ¿Es porque es bruto? No. ¿Es porque tiene una malformación en el cerebro? No necesariamente. Es porque su condición de vida no lo ha vinculado al mundo de la educación y a los valores más nuestros”, expone Sánchez, al analizar el comportamiento del niño y los testimonios de sus allegados.

Jesús también es el encargado de llevar a los niños una vez al día al proyecto Alimenta la Solidaridad más cercano a su casa. “Jesús siempre está a la defensiva. No porque le mataron al papá, sino porque tiene una responsabilidad que no es de él. Viene y pide la comida para sus hermanitos y dice que la ropa está sucia y por eso no pueden subir”, manifiesta Maryorie, una de las voluntarias del comedor.

Los organizadores de Alimenta la Solidaridad - una iniciativa privada-, además de preparar 190 almuerzos diarios, hacen jornadas periódicas de médicos y psicólogos para la comunidad. Una vez, Jesús fue visto por uno de los especialistas. Mariana, su tía, contó que el análisis es el mismo que observa Katiuska: “La doctora dijo que él era agresivo porque él se sentía el papá de Marco”. Incluso afirmó haber escuchado a Marco llamar “papá” a su hermano mayor. Este rol se juega de a dos.

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Jesús, de doce años de edad. Escribe su nombre con gran dificultad, después de solicitárselo varias veces.


Más que comida y libros


Una de las frases que más repite Alejandra es la de que quiere encontrar una ayuda a Jesús. El psicólogo Francisco Sánchez explica que el proceso de intervención con esta familia pasa por la aplicación de un programa “humanizado”. Recuerda que los niños como Jesús suelen ser vistos por su entorno como “pequeños delincuentes”, por lo que la primera reacción es el rechazo; pero que luego viene una segunda mirada: la de la ayuda.

“Es un reto abismal para las instituciones y las organizaciones sociales. En un gesto bienintencionado, la comunidad lo intenta involucrar en el cuidado de las calles. No queremos decir que estos trabajos no sean dignos. Sino que las políticas públicas deben dar capacidad a los adolescentes y jóvenes a elegir su propia trayectoria y no que sea impuesta”, puntualiza Sánchez.

Jesús tiene 12 años y estudió hasta primer grado de básica -etapa escolar a la que llegan los niños de siete años-. Su hermana, la de nueve años de edad, también. El que sigue, terminó su prescolar y Marco, el más pequeño, tiene la edad para iniciar estudios, pero aún no es inscrito. Todos están fuera del sistema educativo venezolano, pese a que hay seis escuelas cerca de ellos, en un radio de un kilómetro.



“Jesús es un chamo que se mueve por la angustia de abandono. Iba a la escuela y ya no va. Tenemos abandono institucional. Va a su casa y de ahí lo sacan por su comportamiento. Otra experiencia de rechazo profundo. Los niños en su comunidad se meten con él por su dentadura. Una experiencia de burla. Entonces, lo que él vaya a construir para sí, tiene que hacerlo evitando todo eso”, precisa Sánchez.

A este análisis, el psicólogo agrega un pronóstico: la elección de la violencia como herramienta para hacerse un camino y lograr reconocimiento. Lo que él intuye por experiencia académica, Alejandra lo reafirma por el aprendizaje empírico.

“Es mi hijo y me duele, pero yo veo difícil que llegue a los 20 años. Por eso lo quiero meter en un colegio y buscarle un psicólogo. Más que nada a él, porque los otros niños son tranquilos. Katiuska siempre me dice que quieren hablar conmigo para ayudarme. Pero yo tengo cosas que hacer”, sentencia Alejandra, un domingo por la tarde. Su único día libre.

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El caso de Jesús