El peligroso reflejo de David

SOBRE EL LAGO


Efecto Cocuyo • Cecodap




Los niños son el reflejo de sus progenitores, reza el dicho. Un padre que delinquió tras ser objeto de abandono por parte del Estado, fue presa de la ampliación de un círculo delictivo. Esto lo llevó a la muerte a manos del propio Estado. Su hijo ahora acumula en silencio un resentimiento que lo puede llevar a hacer de ese círculo delictivo una espiral inevitable. El abandono estatal en la reparación a la víctima, abandono en la atención a su salud psíquica y a su recuperación, puede derivar en la repetición exponencial de un patrón de criminalidad.

Por: Gustavo Ocando Alex
Fotos: Lizaura Noriega










Hace silencio sobre el piso de cemento en la entrada de su casa. El suelo, de un gris oscurecido por la arena de la trilla, es el blanco exclusivo de su mirada. Lo contempla, absorto, mientras se abraza las piernas con sus brazos menudos, sentado en una ronda donde sus abuelos ventilan a cuatro visitantes cómo la policía asesinó a su padre hace dos años.

No le brinda demasiada importancia a la entrevista.

David Chávez, un niño marabino de nueve años, diagnosticado hace tres años de tener Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (Tdah), parece más interesado en la pelea inminente entre un gato y un perro de malas pulgas en la casa vecina, que en oír de nuevo cómo murió su papá. Tampoco le intriga la fotógrafa que merodea con paso sereno a su alrededor, enfocándole de tanto en tanto con su cámara en mano.

El muchacho se levanta de golpe, tropezando una silla, y se dispara a corretear a los animales alrededor de la vivienda, riendo, tremendo. Levanta una tolvanera en una de las veredas polvorientas de Santa Rosa de Agua, una populosa urbanización de familias de bajos recursos, ubicada a orillas del Lago de Maracaibo, al noreste de la capital del estado occidental de Zulia.

El sol del mediodía arde hasta subir la temperatura a unos 35 grados centígrados. Una cuadra de canchas deportivas, una fábrica y un puñado de casas, separan a la vivienda de la orilla lacustre. Todo en la zona tiene aspecto de sencillez: sus carreteras, sus viviendas y hasta los vehículos que se avistan en cada garaje. En esas gargantas de la modestia costeña, la nostalgia es la eterna compañera de David.

“A él de pronto ‘le cae’ (la tristeza). En estos días andaba cabizbajo”, dice su abuelo, Daniel, un hombre en sus 50 años que gerencia la línea de taxis del centro comercial más antiguo de la ciudad, el Costa Verde, y quien lo ha criado desde que tenía dos años.

Es habitual que el niño llore cuando se sienta a la mesa junto a su familia para almorzar. Entonces, su inquietud muta hacia un intento vano de camuflar su llanto bajando la cabeza, encogiéndola entre sus hombros, mientras todos le miran acongojados.

Daniel, su padre, no está ni estará ya en la íntima tradición familiar de los Chávez de comer juntos a la hora del mediodía en su hogar. Al muchacho, de 26 años, lo asesinó un grupo de uniformados a 30 metros de distancia del porche donde sus abuelos, Daniel y Juana, hablan de su desconsuelo e intranquilidad.

David busca ocasionalmente flores en los terrenos aledaños a la casa para colocarlas frente a la fotografía de su papá, que los Chávez exhiben aún en la sala. También, de vez en cuando, ubica un vaso de agua delante del portarretrato.



La foto muestra a un joven caucásico, sonriente, con ropas deportivas y un corte de cabello similar al de una estrella del reggaetón, corto, perfectamente delineado en bordes y patillas, al estilo de Daddy Yankee y Wisin.

Ese género urbano era el favorito de Daniel y ahora es el de David. De tanto en tanto, cuenta su abuelo, el muchacho escucha música en la radio a todo volumen mientras lava con agua y jabón su carro en el patio de la casa.

Su padre también lo hacía… exactamente así.



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El asesinato


David, todavía en carrera tras los animales de la cuadra, ha escuchado con anterioridad la historia detallada de cómo su papá salió corriendo de su casa al ver que funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas llegaron armados a su vivienda, buscándole, la tarde del 21 de junio de 2017.

Según la versión de su familia, el joven intentó evadirse antes de ser asesinado por los agentes con un tiro en el corazón. Intentó refugiarse, sin éxito, bajo un colchón en la habitación de una vecina.

Daniel era consumidor de cocaína y marihuana, admiten sus padres. Abandonó sus tratamientos de rehabilitación en al menos dos clínicas públicas de Maracaibo. Era conocido en la zona como un ladrón de celulares con amistades involucradas en delitos múltiples.

Sus padres niegan, sin embargo, que sus prácticas criminales hayan incluido ser un bribón que se encaramara frecuentemente en lanchas para atracar y matar en las aguas del lago marabino.

La policía comunicó posteriormente a la prensa que Daniel había muerto al resistirse a la autoridad. Lo acusaron de ser un pirata del Lago de Maracaibo, presuntamente involucrado en extorsiones y robos varios.

Este procedimiento ha sido denunciado repetidamente por el Observatorio Venezolano de Violencia, que concluyó que en 2018 hubo 7.523 muertes por supuesta resistencia a la autoridad en el país, es decir, un promedio de 20 cada día. La tasa de acciones extrajudiciales de la policía aumentó en 1.800 casos en comparación con el año anterior.

Johel Salas, coordinador del OVV Zulia, en el mes de junio de este año que las muertes por resistencia a la autoridad siguen en aumento en la región, al punto que tienden a superar las producidas por los mismos delincuentes. También aumentan las sospechas en la ciudadanía de que cada vez hay más ejecuciones vestidas de enfrentamientos.

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David dibujó a su familia. Esta vez incluyó a su papá, algo que en consulta no había hecho.

"El padre de Daniel no recuerda que su hijo asesinado haya ido siquiera alguna vez a la playa, por lo que insiste en que la etiqueta de pirata no fue más que una fachada de la policía para justificar su muerte. "



“Él nunca supo lo que fue bañarse en ese lago”, dice.

“Yo sabía lo que mi hijo hacía (robar celulares). Estaba clara en eso. Me enteré y no lo quería aceptar”, confiesa Juana Celis, abuela de David, quien trabaja como obrera en un preescolar del norte de la ciudad.

No lo iba a echar nunca de la casa, aclara. “Igualito, ese era mi hijo”.

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Triste e intranquilo


David nació el 10 de octubre de 2010 en Maracaibo. Es el menor de dos hijos fruto de la relación de su padre con Génesis, una joven de la misma vecindad que aceptó que tanto él como su hermano Carlos, de 11 años, vivieran con sus abuelos desde temprana edad.

Su madre, ama de casa, no tenía suficientes recursos para mantenerlos. Hoy vive a un par de cuadras de distancia junto a otro hombre, con quien concibió dos pequeños más.

Visita a David de vez en cuando en casa de su expareja asesinada. Solo comparte unos instantes con él, dicen sus abuelos.

Su hermano Cristian, a quien Daniel y Juana describen como un muchacho “normal”, de excelente rendimiento escolar y versado en las lecturas bíblicas, vive con su abuela materna en la urbanización Pomona, en el sureste de la ciudad.

Los hermanos solo se ven durante recesos escolares o en Navidades.

David prefiere que Cristian le visite. “No me gusta ir para allá. Ella me pega con un palo”, dice, parco, ya de regreso de sus andanzas en la cuadra. Hace años, contó a su familia que su abuela materna le había maltratado. Aún no lo olvida.

"Sus abuelos paternos acudieron ante las autoridades del Consejo de Derechos del Niño en Maracaibo para exigir la custodia de los dos niños, pero desistieron cuando, dicen, se dieron cuenta de que la última palabra legal en esos asuntos es de la madre."


Génesis, la madre, estableció hace casi una década que uno de sus hijos sería criado por su mamá y el otro por los padres de su expareja.

“Allá le dicen a uno que con la madre no se puede (luchar legalmente)”, recuerda Juana, decepcionada.

David pasa sus días entre el colegio y el juego. Le gusta ir a clases y ver en la televisión los dibujos animados de Peppa, la cerdita, aunque prefiere jugar fútbol, volar petacas o hacer “lo que sea” con sus amigos de la cuadra. Sin ellos, “no se halla”, dicen sus abuelos.

También acude a servicios de la iglesia evangélica con una familia vecina, a pesar de que sus abuelos son católicos practicantes. “Sí, me gusta”, admite sobriamente el chamo sobre su costumbre de ir a orar en comunidades cristianas. No deja de encarar al piso, respirando hondo por su reciente carrerilla.

“Yo lo dejo ir a esa iglesia”, dice resignada Juana, devota de rezos y cultos católicos, como la oración diaria del rosario a la Virgen María.

Más que mínimamente conversador, es reservado. Es “inquieto” desde que se levanta a las 5:00 de la madrugada para asistir al colegio hasta las 9:00 de la noche, “cuando se le pasa el switch”, explican con picardía sus abuelos.

Sí, es sumamente intranquilo, confirma con sus ojos bien abiertos, asentando con la cabeza, su bisabuela Herminia, quien está atenta a la tertulia, recostada contra la puerta principal de la vivienda.

El niño toma, desde antes del asesinato, raciones diarias de una medicina llamada Clonazepam para regular los efectos de su supuesta hiperactividad y desatención. La medicación le produjo dificultades en el colegio, específicamente en cuanto a su aprendizaje, creen sus familiares. El pequeño recibía atención psicopedagógica a solicitud de sus abuelos, desde meses antes de lo ocurrido a su papá.

La droga, de una clase de fármaco del grupo de las benzodiacepinas, disminuye la actividad eléctrica anormal del cerebro y se usa para controlar convulsiones, aliviar ataques de pánico, así como para tratar la acatisia –intranquilidad y necesidad de moverse constantemente-.

Sus efectos incluyen somnolencia, mareos, inestabilidad, problemas de coordinación, dificultad para pensar o recordar, salivación excesiva, dolor en articulaciones, ganas frecuentes de orinar y visión borrosa.

El Clonazepam puede tener efectos desfavorables si se usa de manera prolongada y en dosis no recomendadas, advirtió luego de la entrevista Freddy Pachano, médico cirujano y director del Postgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad del Zulia.

La consecuencia de su uso prolongado más relevante es que ocasiona dependencia y depresión. “Su retiro tiene que ser gradual. Puede haber recaídas y sufrir del síndrome de abstinencia”, puntualizó.

Pachano indicó que, aún en bajas concentraciones, las benzodiacepinas no se deben usar por más de seis meses, pues van perdiendo su efecto a medida que el cuerpo humano se va adaptando a ellas.

Y, además, son graves los efectos cognitivos en niños en formación. David la ha tomado desde hace al menos dos años y medio de manera ininterrumpida.

Su abuelo le regaña por segunda vez por mantener la cabeza gacha ante las preguntas de Víctor Coronado, el psicólogo que acompaña al equipo de Efecto Cocuyo en el encuentro con los Chávez.

Es la segunda vez que interactúan. Ya habían conversado en una cita previa en el Hospital Psiquiátrico de Maracaibo. Su psicopedagoga, aquella que le recetó medicinas años atrás y quien le trató después del asesinato de su padre, dejó de asistir a su consultorio hace dos meses.

“Ella ya ni contesta las llamadas. No sé qué le pasó”, dice Juana, angustiada porque no sabe a qué médico o institución acudir ahora con su nieto. Agradece que Coronado esté dispuesto a atenderles. Admite su temor de que no sabe cómo hacer para seguir criando al niño.

El psicólogo destacó en sus informes posteriores que David “se muestra en el juego, enérgico, intranquilo, con ánimo de participar en juegos que involucren otras personas”.

Su hiperactividad usual, sin embargo, ha disminuido por períodos tras la muerte de su padre. “Ese enlentecimiento motriz puede estar asociado a un ánimo hipotímico o deprimido”, acota.

El suceso generó síntomas de trauma que ameritan atención clínica, a juicio de Coronado.

A la buena de Dios


No hubo institución del Estado que se acercara a la familia para aclarar el homicidio, mediar o brindar apoyo o reparación a las víctimas de ninguna manera.

Los tratamientos médicos para David nacieron de sus propios cuidadores. Los Chávez no han contado con atenciones de ninguna de las instituciones del Estado venezolano.

En Maracaibo, por ejemplo, hay varias oficinas del Consejo de Derechos del Niño, Niña y Adolescente (NNA), cuya misión de ley es velar por la “protección integral” de los infantes y adolescentes venezolanos desde el nacimiento.

También existe la fundación Niños del Sol de la alcaldía marabina, que, en conjunto con el Consejo de Protección de NNA, tiene como misión brindar atención psicológica a víctimas con experiencias de violencia y maltrato.

En Maracaibo y el estado Zulia hay múltiples organizaciones para atender casos como el de David. Destacan las oficinas de Consejos de Protección en cada municipio, así como el Instituto de Defensa de los Derechos del NNA, que funge como sistema rector de todos los organismos protectores de los derechos de los chamos y chamas en Venezuela

La gobernación y las alcaldías, incluso, tienen departamentos de Psicología Social. Además, la Defensoría del Pueblo y el Ministerio Público tienen facultades y departamentos tan aptos como obligados por ley para atender situaciones como la que vive el más chico de los Chávez.

Los hospitales de salud pública como el Universitario y el Psiquiátrico de Maracaibo también reciben a pacientes con esas derivaciones. Pero ninguno de esos entes ofrecieron asistencia a David o a su familia.

Un funcionario con años de experiencias en una de las tantas instituciones que velan por los derechos de niños en Zulia, admitió, bajo condición de anonimato por temor a represalias en sus labores, que casos como el de David “caen en un limbo” con mucha frecuencia.

Reconoció que ni el Estado venezolano les ofrece ayuda o reparación, por colapso o desinterés. Ni sus familiares, vecinos o allegados la procuran, menos aún cuando se trata de sobrevivientes de presuntos delincuentes.

Los Chávez están renuentes a tocar las puertas del Estado motu proprio. Su relación con las instituciones públicas ha sido áspera: primero, tropezaron con lo que consideran muro de contención de la Ley Orgánica de Protección del Niño, Niña y Adolescente (Lopna) al procurar la custodia de sus dos nietos; y luego, uniformados de cuerpos policiales asesinaron al mayor de sus hijos, lo que tachan de ajusticiamiento.


“Quiero que papi esté vivo”


David, agotado, participa un poco más en la conversación. Ya levanta la cara y hasta sonríe durante su interacción con los visitantes, quienes le preguntan sobre sus amistades e intereses.

Sus abuelos dan una pista: le gusta dibujar. El psicólogo le invita a plasmar lo que desee en una hoja blanca, con un bolígrafo color fucsia chillón. Le entusiasma la idea.

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Esboza a seis personas: primero, Génesis, su madre; luego se recrea él; también a su abuela Juana y a sus dos hermanastros (Johnny, de cuatro años, y Moisés, de uno); y, finalmente, a su padre asesinado.

No había dibujado a Daniel, su papá, en el test de familia previo que realizó durante la cita médica en el psiquiátrico. La ausencia de la figura paterna en aquel examen mereció un destacado en el informe.

“Representa una desvalorización a la figura, representando el uso de mecanismos de defensa para negar su pérdida. También se observan indicadores de tristeza, ansiedad latente, relacionada a temas familiares, baja autoestima y minusvalía”, apuntó Coronado en su reporte. Pero esta vez sí lo dibujó.

David acudió al funeral de su padre por recomendación de su psicopedagoga. Su hermano Carlos habló a los presentes sobre la vida eterna y de cómo Dios da consuelo a quienes creen en él, un discurso que dejó atónitos a familiares y amigos.

Él, en cambio, se acercó al féretro en silencio. Lo vio, lloró. Tomó un papel y un bolígrafo para dibujarlo dentro del ataúd, siempre callado. Aquel retrato hoy está perdido entre las pertenencias de su abuela.

Las posesiones de su padre permanecen intactas en el cuarto donde dormía con David. “Está todo ahí, como si él estuviera, con la cama como le gustaba”, precisa Juana, acongojada, secándose las lágrimas que ruedan por sus mejillas.

Ha sorprendido un sinfín de veces a su nieto llorando de la misma manera. “Yo quiero que papi esté vivo”, le contesta siempre el niño.

La psicología universal concluye que no hay tiempos establecidos para superar un duelo. Los síntomas del más pequeño de los Chávez reflejan, a dos años de la muerte de su padre, que todavía se encuentra en una etapa “esperada”, conocida como depresión, juzga Coronado.

“Hay un sentimiento de vacío, de añoranza. Es positivo que esta tristeza no le ha dificultado su desempeño escolar y en otras actividades”, resalta luego en sus reflexiones.

Sus abuelos han notado similitudes entre su hijo asesinado y su nieto. No son solo sus gustos compartidos por el reggaetón, la limpieza del carro de la casa o que ambos tengan personalidades reservadas.

Temen que lo delictivo de uno arroje sombras sobre el reflejo del otro.

"David hurtó en días recientes un fajo de billetes de bolívares del cuarto de su abuelo. “Le pegué”, admite el hombre, preocupado, preguntándose si a su hijo quizá le faltó esa “mano dura."



Daniel estuvo detenido al menos en cinco oportunidades y, en cada una de ellas, su padre pagó a guardias nacionales o a policías cantidades elevadas de dinero para que lo liberaran sin cargos.

“Le dije a David que ya perdí un hijo, que no voy a perder dos”.

El psicólogo advierte que si bien es urgente tratar la expresión emocional de la tristeza de David ante la pérdida, también lo es fomentar “la introducción de una norma que oriente su sentido de vida distinto al de la conducta delictiva”, como la que caracterizó a su papá.

El robo de un dinero perteneciente a su abuelo, es un alerta.


"Coronado advierte que la criminalidad en la que vivía Daniel “puede representar un modo de funcionamiento que ha marcado al niño”, exacerbado por el hecho de que vive en una de las comunidades más violentas de Maracaibo, un entorno hostil para su desarrollo."



Santa Rosa de Agua es un barrio ubicado en las orillas más angostas del Lago de Maracaibo. Es considerada una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Según fuentes policiales y de la comunidad, al menos cuatro bandas del crimen organizado estaban atornilladas en esa comunidad hasta el año pasado.

“Hasta hace poco, esto parecía un toque de queda. Nadie salía por acá porque se armaba una plomazón entre las bandas”, narró un vecino de los Chávez. El peligro, dicen, disminuyó este año, sospechan que debido a las muertes de múltiples criminales y por la migración forzosa de otros.

Juana ruega porque alguien calificado la oriente sobre cómo actuar ante episodios como aquel del hurto del dinero de parte de su nieto. Quiere evitar a toda costa que la historia de su hijo se repita en ese contexto, semillero de malas juntas y enclave de delincuencia de ligas mayores.

“Él está a tiempo, porque todavía está pequeño”, opina, mirándolo con una mezcla de cariño y desasosiego.

David vuelve a contemplar el piso de cemento, aún más sucio de arena, mientras escucha a sus abuelos contar por qué le regañaron.

Juana se seca las lágrimas que lloró al admitir sus temores sobre él. Daniel le pide a David de nuevo, con mayor firmeza, que levante la cabeza. “Así, igualito, era el padre”, refunfuña el hombre. Su reproche no recibe contesta, sino un incómodo silencio.

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El caso de David