Andrés sembró su dolor

EN EL CAMPO


Efecto Cocuyo • Cecodap


Un adolescente pudiera verse obligado a emigrar. La fuerza de las bandas dedicadas a cobrar extorsiones le arrebataron a su papá y están a punto de hacerle dejar su vida. Su proceso lo ha vivido solo con apoyo familiar y sin participación del Estado. Productores agrícolas destacan entre las principales víctimas del delito en Venezuela y Andrés, hijo de un trabajador petrolero que buscaba labrarse una vida en el campo, pudiera verse obligado a abandonar el trabajo que tanta pasión generó en su papá.

Por: Gustavo Ocando Alex
Fotos: Lizaura Noriega




Una lesión abierta se ve a leguas en el lado interior de su tobillo izquierdo. Es un orificio de sangre coagulada de un centímetro de diámetro. Él se balancea en una silla mecedora, en silencio.

Andrés es un adolescente venezolano de 13 años. Delgado, desenfadado, acompaña en el porche de su hogar en el poblado rural zuliano de Mene Grande, a su madre, Tamara, y a su hermanito, Andrés José, un niño de dos años, un tanto parlanchín, de pelo castaño y fiel seguidor del dibujo animado Peppa.

Se causó la herida con la hoja de un machete que intentó afilar días atrás. Los puntos de sutura los perdió al remojarse en una piscina. Ha estado aplicándose en el corte un supuesto remedio casero de ramas que él mismo preparó.

- ¿Te duele?
- Naaa…

Estira la negación en su boca, como si la mascullara con desgano. La cara, en rictus. Solo viste un short azul, sin calzado. Su actitud, parca.

Un par de botas marrones de corte alto reposan en el piso, a sus espaldas, desgastadas y polvorientas. Las heredó de su padre, Jorge Gutiérrez.



Al productor agropecuario y ayudante de perforación en Petróleos de Venezuela lo asesinó a tiros el líder de una banda de extorsionadores el viernes, 24 de agosto de 2018, en su fundo, en el sector Alto Viento del municipio Baralt, a unos 30 minutos de viaje por carretera en la vía hacia Tomoporo, estado Trujillo.

Juan Gunajo, su primo y mano derecha, también murió producto de la balacera.

La mamá de Andrés, Tamara, se ha hecho cargo de las tres parcelas de producción de bananos. De tez morena y cabello azabache, de 39 años, prefirió ventilar en voz baja, antes de que Andrés se sentara junto a ella, cómo ocurrió la muerte de su esposo y cómo su chamo vive su duelo.

El asesinato y la ausencia de Jorge es un tema que se trata a hurtadillas en la casa de los Gutiérrez. La mujer recuerda la tragedia serena, sentada en una hamaca de rayas verdes, blancas y rosadas.

Es una tarde vaporosa de abril. No hay servicio eléctrico en la vecindad, como ocurre durante 18 de las 24 horas del día en el estado Zulia y en buena parte de Venezuela.

Ya han pasado ocho meses del crimen, pero en el cuarto de Jorge y de Tamara todo permanece intacto. Sus ropas, sus pertenencias, incólumes. Allí, a veces, Andrés la sorprende llorando mientras ve fotografías de su esposo o escucha viejos mensajes de voz que le envió a su teléfono celular. Y la regaña.

“Me dice que no vea las fotos. Él no quiere recordar eso”, contó.

A Andrés, no le gusta hablar de su papá.

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Alma de capataz



El chamo reparaba una motocicleta de la parcela en el estacionamiento de la casa antes de acompañar a su madre en el porche. O lo intentaba.

Durante un tiempo, armó y desarmó las mismas piezas de la moto o de cualquier vehículo que usen en sus fundos, sin mayor efecto en su compón y siempre en medio de un charco de grasa y mugre.

“Él cree que la sabe arreglar, pero no sabe”, dijo su mamá con una sonrisa cómplice. El muchacho ya le había advertido que uno de los tanques de agua de la casa se vació sin razón. Ágil, se encaramó en el techo para comprobarlo.

“No, mami. Fue que se pasó el agua para el otro tanque”, le dijo al bajar, lleno de pintura blanca de las paredes, mascullando las palabras con su voz aguda, como si procurara que solo ella lo escuchara.

Andrés es reservado. Solo comparte frases brevísimas. Nunca ha exhibido una especial devoción por los estudios. No quería, de hecho, ir a su colegio, el Miguel Ángel Prado, en los primeros días tras la muerte de su papá.

Fue Diana, compañera de clases y vecina, quien le ayudó a retomar el tiempo perdido con visitas diarias a su casa. La chica se convirtió en su mentora, guiándolo en sus tareas, auxiliándolo en los estudios para sus exámenes.

El chico tiene más alma de capataz del campo que de devorador de libros. Le ha dicho a su madre más de una vez que no ve el propósito de estudiar si, al final, no le servirá de mucho al ganarse la vida en sus parcelas.



No hay lugar donde se sienta más feliz que en el monte. Allí, es un obrero más. Justamente, fue en el mismo terreno donde asesinaron a su padre donde halló refugio para su dolor.

Visitó la parcela unos meses luego del crimen y, sin más, cabalgó, sembró bananos, intentó arreglar aparatos de la ganadería. Eran las tareas que veía hacer a su padre y que ambos siempre compartían.

Le encanta tanto la agricultura que sus preferencias en la televisión rompen el molde: no le gusta ver películas de acción ni dibujos animados, sino programas como Corazón Llanero y Rienda y Galope, transmitidos en canales del Estado.

A escondidas de su madre, el chico masca chimó –una mezcla de tabaco curado propia del llano andino-. Sus padres atribuyeron a esa costumbre una gastritis erosiva que lo postró en cama un tiempo, hace unos años.

Desde la muerte de su padre, ha cuidado con esmero de los cuatro caballos de las parcelas de su familia. Los trae a casa en ocasiones. Cable Cuatro es su favorito: lo montó, alimentó y cuidó con especial frecuencia desde el asesinato. El ejemplar era de Jorge. En él, le enseñó a cabalgar y a colear a temprana edad.

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Andrés es coleador de categoría preinfantil, reservada para los competidores de entre 10 y 13 años.

Ese deporte se ha convertido en su pasión -y distracción-.

Entre él y su hermano arrastran hasta el porche techado de su hogar una silla de montar de cuero, color marrón oscuro, con sus aperos: una pechera y una manta. Cuenta cómo viste a su caballo con ellas y cómo obtiene puntos en las competencias. La plática, al menos un tanto, rompe el hielo por fin.

Quiere ser médico veterinario. Su madre lo acusa, sin embargo, de no cuidar como debe a Justicia, una perra que compraron hace años al precio de una Fila pura raza, pero que ha terminado creciendo con rasgos mixtos.

Andrés se escuda del reproche abrazando y besando a su hermanito.

Tiene una invitación para competir en una feria en el estado Yaracuy, pero solo la inscripción cuesta 250 mil bolívares. Su madre bromea con que no escogió un deporte barato. Él ríe a medias con la cabeza gacha.

Todavía no ha acumulado suficientes puntos dentro de la manga de coleo para ganar medallas y trofeos. Admite, siempre con timidez, que desea ser tan hábil como su amigo y coleador, Aldiuber.

“Él es bueno”, dice, siempre sin cruzar miradas.

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“Pseudoadulto” en duelo



El coleo “ciertamente ayuda a mitigar la montaña rusa de emociones”, en un proceso de duelo como el que vive Andrés, opinó luego Irma Peña, psicóloga del hospital de Especialidades Pediátricas de Maracaibo y quien acompañó al equipo de Efecto Cocuyo a la casa de los Gutiérrez.

Pero el tiempo, advirtió, no siempre cura el dolor, ni ayuda estar ocupado, desconectado o reemplazar ese sufrimiento con hobbies o deportes.

“Al dolor del duelo lo sana el proceso de admitir la pérdida y aprender a tener otra relación con el fallecido”, escribió en su informe. El vínculo póstumo de Andrés con su padre es el campo, sus caballos.

La doctora celebró que su madre le apoye de manera adecuada, sin obstaculizar, sino más bien acompañando a su hijo a que practique un deporte que, además, aporta recuerdos positivos de la relación del padre con sus hijos.

“En las etapas medias de un proceso de duelo, los sobreviviente precisan recordar al difunto de una manera positiva”, acotó.

En la familia Gutiérrez, valoró la especialista, el adolescente parece ir en dirección de un duelo sano a pesar de la muerte trágica de su padre.

Peña, la psicóloga del equipo de Efecto Cocuyo, consideró que Andrés se convirtió de golpe en un “pseudoadulto” tras el asesinato de su padre para poder encarar un entorno cambiado y desorganizado.

El adolescente, opinó, intenta ocuparse de la tranquilidad de su mamá para que no experimente tanto dolor, “probablemente porque él no podía tolerar tampoco la intensidad y permanencia del mismo”.

Resaltó que, cuando Andrés se vio obligado a visitar el lugar de trabajo y donde asesinaron a su padre, comenzó a aceptar que Jorge ya no volvería.

Andrés tuvo apenas unas breves sesiones con un psicólogo privado para hablar de la ausencia de sus padres.

Los Gutiérrez nunca supieron a qué instituciones del Estado acudir para recibir atención como víctimas de un crimen tan violento. Si bien el Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente mantiene activa una sede administrativa en el municipio Baralt, con funcionarios de guardia las 24 horas del día para abordar casos como el de ellos, Tamara nunca pensó solicitarles apoyo.



Otras alternativas están a 140 kilómetros de distancia, en Maracaibo. Pero Tamara y sus hijos no acostumbran a viajar con frecuencia a la capital, un trayecto que amerita aproximadamente cuatro horas de ida y de vuelta.

En la ciudad, por ejemplo, hay múltiples oficinas del Consejo de Derechos del Niño, Niña y Adolescente, que es una institución devenida de la Ley Orgánica de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes y que se encarga de garantizar y restituir los derechos de los venezolanos infantes y adolescentes en caso de amenazas o vulneraciones.

La Fundación Niños del Sol de la Alcaldía de Maracaibo es la institución de mayor renombre para asistencias psicológicas. En los hospitales de la capital zuliana, como el Universitario y Psiquiátrico, también se coordinan citas psicológicas gratuitas para casos de esa estirpe.

Pero los Gutiérrez, dice la madre, nunca supieron de ellos. No hubo funcionario de las instituciones del Estado venezolano en Baralt, Maracaibo o poblados cercanos que se acercase o contactase a la familia para ofrecerles respaldo, a pesar de la notoriedad que tuvo el crimen.

“Para nada”, reprocha Tamara. “No nos brindaron atención de ningún tipo”.


Entre amenazas y silencios



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Andrés llegó a preguntarse si a su padre lo mataron por su culpa.

Su papá y él tenían la costumbre de desearse un feliz día el uno al otro con la frase de bendición y protección que aprendieron en la iglesia cristiana Dios es mi paz: “te cubro con la sangre de Cristo”.

“Me dijo: ‘yo no le dije a papi eso de la sangre de Cristo. ¿Será que las cosas pasaron porque no le dije eso a papi?’”, contó Tamara, sollozando, antes de que sus hijos se sumaran al encuentro con los visitantes.

Ella supo del homicidio en Estados Unidos, donde vivía temporalmente junto a su suegra, Gloria, trabajando en una fábrica de ventanas para ayudar a mejorar las finanzas de la familia.

Andrés fue sostén para ella desde la primera llamada en la que conversaron tras el crimen. “Me decía: ‘mami, yo lo que quiero es que estés tranquila, que vos estéis bien’. Él me daba fuerzas a mí”, precisa.

El muchacho vio accidentalmente varias fotografías del cuerpo ensangrentado de su papá en aquellos primeros días.

Oswaldo, uno de sus amigos que se mudó a Colombia, lo llamó al celular de un primo para saber cómo estaba. Y, en el teléfono, sus compañeros habían compartido las imágenes de la escena del crimen que circulaban por las redes sociales y los chats de mensajería instantánea. Las vio al cortar la llamada.

Contó a su mamá que su padre estaba “todo lleno de sangre”.

El homicidio de Jorge Gutiérrez copó titulares de la prensa nacional. La familia da por sentado que murió por una mezcla de codicia y conflicto interno de la banda que lo extorsionaba.

Ya había pagado un dinero al ex cabecilla de la organización criminal a cambio de que le dejaran producir bananos en paz, pero el nuevo líder quiso forzarlo a un nuevo pago. Al no obtenerlo, lo mató en retaliación.

Denilson Calderón, de 21 años, alias “El Diente”, y Degly Peña, de 23, señalados como responsables del asesinato, murieron el 21 de septiembre al enfrentarse a tiros con agentes del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro y de la Dirección de Inteligencia y Estrategias Preventivas de la policía zuliana, según precisó una minuta divulgada por los organismos.

El tiroteo ocurrió, según la versión de las autoridades, en la misma parcela donde los delincuentes mataron al productor. Testigos y miembros de su familia dicen que a sus verdugos los ejecutaron en otro lugar y que trasladaron los cadáveres hasta el terreno de los Gutiérrez como símbolo de justicia en el caso.

Alto Viento continúa siendo una zona roja. Tres bandas ejecutan las extorsiones y robos de ganados en la zona, según indicó el año pasado el director de seguridad de la alcaldía de Baralt, Ovidio Valbuena: Los Viatas, Los Cáscaras y la de un líder criminal apodado “El Cagón”.

Al menos 60 hombres integran cada banda. Solo entre junio y julio de 2018, las autoridades mataron a 16 miembros de esas organizaciones delincuenciales. Pero sus crímenes persisten.

Miembros de la banda que asesinó a Jorge Gutiérrez llegaron a la parcela en mayo pasado para advertir a la familia y a los trabajadores que sufrirán represalias por la muerte de dos de sus compinches.

Ni Tamara ni sus hijos han visitado sus terrenos desde entonces. Tampoco han denunciado las intimidaciones ante las autoridades policiales. La mamá no le ve sentido. Sopesa, más bien, emigrar definitivamente para escapar del peligro.

Si las amenazas les obligan a salir del país, Andrés y su hermano serán víctimas del desplazamiento forzado, uno de los mayores peligros para niños en Latinoamérica, según lo ha documentado la organización internacional Save the Children.

Venezuela es uno de los cinco países del mundo con mayor número de homicidios infantiles, de acuerdo con el informe global Construyendo una Vida Mejor para la Niñez 2019. Esa tasa ha empeorado 60 por ciento en el país en los últimos 18 años.

Victoria Ward, directora de Save the Children para América Latina y el Caribe, alertó en una entrevista reciente que la alta probabilidad de homicidios en niños, niñas o adolescentes es una de las causas principales para la migración forzosa, en la que los chicos y chicas se ven urgidos a abandonar sus comunidades para tener una vida digna y, simplemente, tratar de sobrevivir.

Los Gutiérrez han suspendido toda actividad del campo por razones de seguridad. El toque de queda incluye al coleo. Y ese deporte, pasión y remanso de Andrés, vuelve al ruedo de la conversación en el porche.

El chamo juega con su hermanito encaramado en la silla de montar, subiendo y bajándola, sostenido de su agarre, como si estuviera domando a un purasangre. Es el último intento de sacar a flote la ausencia del padre.

-¿Quién te compró esa silla? –le pregunta su madre -.
-Vos –le responde-.
-‘Decí’ la verdad…

Andrés calla, con la mirada fija en la nada. El silencio, incómodo, impera por unos segundos. Masticando un pedazo de rama, vuelve a mecer su silla.

Todos, incluyéndolo, saben que acaba de mentir: la silla la compró su padre para él meses antes de que lo asesinaran.

No quiere hablar de él. Al menos, por ahora.

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El caso de Andrés




*Los nombres de los protagonistas fueron modificados para garantizar su seguridad y en cumplimiento con la Ley Orgánica de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes.

Créditos


Periodistas:
Julett Pineda - @julepineda
Cristina González - @cristinacgp
Vanessa Moreno Losada - @morelosadav
Gustavo Ocando Alex - @gusocandoalex
Francisco Rincón - @frajorim
Psicólogos:
Francisco Sanchez
Victor Coronado
Irma Peña
Fotografía y videos:
Mairet Chourio - @MairetChourio
Iván Ocando
Lizaura Noriega
Juan Camacho
Edición de Audio y Video
Miguel Rodríguez Drescher - @migueldrescher
Diseño, ilustración y programación web:
Ideográfiko - @ideografiko
Coordinación y Edición:
Jesús Noel Hermoso F. - @jesus_hermoso

Proyecto realizado por


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El contenido de este trabajo es responsabilidad exclusiva de Efecto Cocuyo y Cecodap, y en ningún caso debe considerarse reflejo de los puntos de vista de la Unión Europea y de Save The Children, organizaciones que brindaron apoyo para su realización.
Caracas, Venezuela - 2019